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Ciencia P2P: El desafío del siglo es responder a Fukushima
Layne Hartsell y Emanuel Pastreich
- Traducido por Joyce MacNeg, editado por Miki Decrece - Guerrilla Translation!
- Imagen de Ian MacKenzie, de su documental “Reactor”
- Artículo original
Resolver la crisis nuclear de Fukushima exigirá considerar de nuevo nuestra manera de abordar la ciencia, los medios de comunicación social y la diplomacia pública.
Hace ya más de dos años y medio que un terremoto, y el posterior tsunami, causaron graves daños en una central nuclear japonesa. El desastre de Fukushima se ha convertido en una de las amenazas más graves para la salud pública en la región Asia-Pacífico, y el peor caso de contaminación nuclear que se haya visto jamás. Hoy día la radiación sigue escapándose de la planta Fukushima Daiichi hacia las aguas subterráneas, amenazando con contaminar todo el océano Pacífico. La limpieza necesitará de un esfuerzo global sin precedentes.
Al principio, los elementos radiactivos vertidos consistían en Cesio-137 y Cesio-134 y, en menor medida, Iodo-131. De estos elementos, el más peligroso a largo plazo es sin duda el Cesio-137, ya que es altamente bioasimilable y tiene una vida media de 30 años, lo que implica que la amenaza persistirá durante varias décadas. En los últimos vertidos el nivel de Estroncio-90, un elemento radiactivo mucho más peligroso, está aumentando. El Estroncio-90 es un análogo funcional del Calcio, por lo que se absorbe y acumula fácilmente en los huesos de humanos y animales.
La Compañía Eléctrica de Tokyo (TEPCO), ha admitido recientemente, que carece de los conocimientos necesarios para controlar de manera efectiva el flujo de radiación hacia las aguas subterráneas y al mar; y ha pedido ayuda al gobierno japonés. TEPCO ha propuesto la creación de una barrera subterránea congelando el suelo de los alrededores de la planta para evitar que el vertido radiactivo siga escapando hacia el mar, un enfoque que jamás se ha intentado en un caso de fuga de radiación masiva. TEPCO también ha propuesto levantar muros adicionales, dado que el muro existente ha sido rebasado por las, aproximadamente, 400 toneladas diarias de agua que fluyen hacia la planta nuclear.
Pero aunque estas propuestas tuvieran éxito, no constituirían una solución a largo plazo.
Una nueva carrera espacial
Resolver la crisis de Fukushima Daiichi debería plantearse como un desafío similar al de poner a una persona en la Luna en la década de 1960. Un reto tecnológico tan complejo requeriría mucha atención y el gasto de cantidades enormes de recursos durante varias décadas. Pero esta vez, el esfuerzo debe ser internacional, ya que esta crisis pone en riesgo la salud de cientos de millones de personas. La solución definitiva de esta crisis merece tanta atención por parte de gobiernos e industria como la que se presta a las armas nucleares, el terrorismo, la economía o la delincuencia.
Resolver el problema de Fukushima Daiichi precisará reclutar a las mejores y más brillantes mentes que se puedan encontrar para llegar a una estrategia que se lleve a cabo durante el próximo siglo. Gente experta de todo el mundo deberán de aportar su inteligencia e ideas. Deberán provenir de diversas disciplinas como la ingeniería, la biología, la demografía, la agricultura, la filosofía, la historia, el arte, el urbanismo y algunas más. Tendrán que trabajar juntos a distintos niveles para desarrollar un plan amplio sobre cómo reconstruir las comunidades, re-alojar a las personas, controlar la fuga de radiación, eliminar de forma segura el agua y el suelo contaminados, y contener la radiación. También tendrán que encontrar la manera de desarmar completamente el reactor dañado, aunque ese desafío puede necesitar de una tecnología que no estará disponible hasta dentro de unas décadas.
Dicho plan requerirá el desarrollo de tecnologías aún no disponibles, como robots que puedan funcionar en ambientes altamente radiactivos. Este proyecto podría cautivar la imaginación de desarrolladores del mundo de la robótica y dar una aplicación civil a la tecnología militar actual. Mejorar la robótica evitaría escenas trágicas, como la de personas mayores y otros voluntarios adentrándose en los reactores, pese a los evidentes riesgos.
El desastre de Fukushima es una crisis para toda la humanidad, pero es una crisis que puede servir como una oportunidad para construir redes globales de colaboración sin precedentes. Los grupos o equipos asistidos por tecnología informática sofisticada pueden comenzar a dividir en partes manejables los inmensos problemas derivados del vertido. Después, los expertos podrán volver con las mejores recomendaciones y un plan de acción concreto. El esfuerzo puede inspirarse en el trabajo previo del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, pero debe ir mucho más allá.
En su libro Reinventing Discovery: The New Era of Networked Science (“Reinventando el descubrimiento: La nueva era de la ciencia en Red), Michael Nielsen describe los principios de la ciencia en Red, que se pueden aplicar a una escala sin precedentes. Los avances que conlleva esta aproximación también se pueden aplicar a otros proyectos a largo plazo, tales como la limpieza del vertido de petróleo de la plataforma Deepwater Horizon de BP en el Golfo de México o la respuesta global al cambio climático. La investigación colaborativa sobre Fukushima debería llevarse a cabo a escala masiva, mayor que la secuenciación del genoma humano o el mantenimiento del gran colisionador de hadrones (LHC).
Por último, en la respuesta a esta crisis existe una oportunidad de reinventar por completo el campo de la Diplomacia Pública. Ésta puede cambiar, desde el esfuerzo, un tanto débil, de los gobiernos nacionales, que sólo pretende maquillar su discurso, hacia foros serios de discusión y acción de problemáticas internacionales. Tan pronto como la Diplomacia Pública madure a través de la experiencia de Fukushima, podremos idear nuevas estrategias para unir a cientos de miles de personas en todo el mundo para dar respuesta a las amenazas comunes.
Tomando nota de la ciencia en Red, la diplomacia pública podría funcionar como una plataforma para la colaboración internacional honesta y definitiva en temas cruciales como la pobreza, las energías renovables y el control de la contaminación.
Del mismo modo, esta crisis podría servir de impulso para que las redes sociales hagan lo que se supone que deben hacer: ayudar a las personas a combinar sus conocimientos para resolver problemas comunes. Las redes sociales pueden utilizarse no como un medio de intercambio de fotografías de cafés con leche y gatos sobrealimentados, sino más bien como un medio eficaz para evaluar la veracidad de la información, fomentar el intercambio de opiniones entre expertos, llegar a consensos, y permitir que la sociedad civil participe directamente en la toma de decisiones.
Un sistema de revisión entre iguales, a través de las redes sociales, puede desempeñar un papel crucial a la hora de plantear nuevas propuestas frente a la crisis de Fukushima. Como figura destacada del movimiento P2P, Michel Bauwens, apunta en un correo electrónico: “Las redes entre iguales ya están propagando un modelo de conocimiento común y a nivel mundial, incluso en la producción de ordenadores, automóviles y maquinaria pesada.”
Puede que aquí esté la clave para resolver el problema de Fukushima: abrirlo para que pueda resolverlo el mundo entero.
Ciencia entre iguales
Hacer de Fukushima un proyecto global, que verdaderamente involucre a expertos y a millones o decenas de millones de ciudadanos corrientes, podría devolver un poco de esperanza al mundo después de dos años y medio de mentiras, medias verdades y esfuerzos conjuntos del gobierno japonés y las instituciones internacionales para eludir cualquier responsabilidad. Si los ciudadanos concienciados de todos los países estudiasen a fondo los datos y realizasen sus sugerencias por Internet, podría haber un nuevo nivel de transparencia en el proceso de toma de decisiones y una abundancia de observaciones valiosísimas.
No hay ninguna razón para que la información sobre las emisiones de radiación y el estado de los reactores no esté disponible públicamente y con suficiente detalle como para satisfacer la curiosidad de un ingeniero nuclear. Si la hoja de ruta viene del consenso de los millones de ciudadanos dedicados a tratar de resolver el problema, tendremos una fuerte alternativa al secretismo actual. ¿Cabe la posibilidad de que nuestra cooperación para resolver la crisis de Fukushima marque un antes y un después para superar las barreras que contra la inteligencia colectiva son impuestas por las fronteras nacionales, las patentes de las empresas y las preocupaciones por la propiedad intelectual?
Existe un proyecto para clasificar todas las estrellas del firmamento que ha demostrado que, si las tareas se dividen con rigor, la contribución voluntaria de individuos no acreditados puede jugar un papel fundamental en la solución de problemas técnicos. En el proyecto Galaxy Zoo, cualquier persona que lo desee puede meterse en Internet y clasificar los diferentes tipos de estrellas situadas en galaxias distantes e introducir la información en una base de datos. Todo esto forma parte de un esfuerzo monumental para ampliar nuestro conocimiento del Universo que ha tenido un éxito enorme y ha demostrado que hay partes del análisis científico que no necesitan un doctorado. En el caso de Fukushima, una persona corriente, si examina fotografías de satélite por Internet todos los días, puede ser más experta que un profesor a la hora de identificar flujos inusuales que transporten elementos radiactivos. Hay una enorme cantidad de información sobre Fukushima que necesita ser analizada y ahora la mayor parte de ella queda prácticamente sin analizar.
Para dar una respuesta eficaz a Fukushima se necesita adoptar tanto una perspectiva general como una específica. Al principio será necesario establecer las prioridades de forma cuidadosa y sofisticada. A continuación, se pueden crear grupos de convergencia que podrían responder a las crisis y desafíos con gran eficacia gracias a la computación avanzada y a un trabajo metódico de integración interdisciplinar. Estos grupos de convergencia también pueden funcionar como un puente entre expertos y colaboradores amateur, fomentando una educación continua crucial sobre la ciencia y la sociedad.
Dar respuesta a la crisis de Fukushima consiste tanto en educar a la gente común acerca de la ciencia como en reunir a expertos bien remunerados. Es inútil que los expertos planteen nuevas soluciones si no pueden aplicarlas. Sin embargo, la aplicación sólo puede lograrse si la población en su conjunto tiene una comprensión más profunda de los temas. Los esfuerzos de una ciencia inclusiva en red y a gran escala garantizarán que ningún segmento de la sociedad quede fuera.
Si los actores conocidos (ONG, gobiernos centrales, corporaciones e instituciones financieras) son incapaces de hacer frente al conjunto de crisis sin precedentes que afronta la humanidad, debemos encontrar maneras de crear redes sociales, no sólo para idear conceptos innovadores, sino también para promover y aplicar las soluciones que se deriven de ellos. Ese proceso incluye presionar a las instituciones para que actúen. Necesitamos algo realmente nuevo para orientar la ciencia y la tecnología a satisfacer las necesidades de la sociedad civil. No hay mejor lugar para empezar que Internet y no hay mejor tema que dar una solución definitiva a la catástrofe de Fukushima.
- Agradecimientos a Manuel Troncoso Cabeza por su ayuda en esta traducción.
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“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”
Jason Mark de Earth Island Journal entrevista a Naomi Klein
- Traducido por Stacco Troncoso, editado por Arianne Sved - Guerrilla Translation! Imagenes de Lëa-Kim Châteauneuf ,. Retrato de Ed Kashi
- Artículo original en Earth Island Journal
La autora canadiense Naomi Klein es bien conocida por sus agudas observaciones críticas, tanto que es fácil olvidar que, por encima de todo, es una periodista de primera categoría. Durante esta entrevista, Klein dejó entrever cuáles son sus prioridades, aunque también confesó estar preocupada por algunas de sus respuestas dado que podrían costarle la oportunidad de entrevistar al presidente de uno de los grupos ecologistas más prominentes (al leer la entrevista veréis por qué). A Klein le interesaba más perseguir el reportaje que protagonizarlo, anteponiendo su periodismo a sus opiniones personales.

Ese rigor caracteriza la carrera de Klein, quien prefiere mantenerse al margen de la cháchara mediática sobre temas de actualidad. Trabaja con constancia, esmero y discreción. Puede resultar sorprendente recordar que la enorme influencia internacional del trabajo de Klein se basa en una obra relativamente escueta; ha publicado tres libros, uno de ellos una antología de artículos de prensa.
“No logo: el poder de las marcas”, el primer libro de Klein, investigaba la manera en la que las marcas manipulan los deseos del público al tiempo que explotan a las personas que fabrican sus productos. El libro salió a la venta pocas semanas después de las protestas contra la Organización Mundial del Comercio en Seattle y se convirtió en bestseller internacional. Su siguiente obra importante, “La doctrina del shock”, argumenta que los impulsores del libre comercio a menudo se aprovechan de las crisis –ya sean naturales o fabricadas– para imponer políticas desreguladoras. En su último libro, aún sin titular, Klein centra su atención en el cambio climático. El libro saldrá a la venta en 2014 y será adaptado como documental a manos de Avi Lewis, el esposo y compañero creativo de Klein.
Los libros y artículos de Klein buscan articular una contra-narrativa al avance de la globalización corporativa y la austeridad impuesta por los gobiernos. Klein cree que el cambio climático puede suponer una nueva oportunidad para desarrollar esta contra-narrativa. “El libro que estoy escribiendo argumenta que nuestras respuestas ante el cambio climático podrán reconstruir la esfera pública, fortalecer nuestras comunidades, y crear trabajos dignos”.
Pero antes tiene que acabar su investigación. Hablando de la respuesta del activismo de base al caos climático, Klein me dijo: “Ahora mismo está pasando desapercibido, pero lo estoy siguiendo con mucha atención.”
—Jason Mark
A lo largo de tu trayectoria profesional has escrito sobre el poder de las marcas comerciales, los movimientos populistas de todo el mundo y el fundamentalismo del mercado libre. ¿Qué te ha llevado a hacer ahora un libro y una película sobre el cambio climático?
Bueno, mi último libro, La doctrina del shock, termina hablando del cambio climático. Concluye con una visión de un futuro distópico donde veremos una infraestructura débil chocando de frente con unas condiciones meteorológicas extremas, algo que ya hemos visto con el huracán Katrina. Pero, en vez de esforzarnos por reducir las emisiones para prevenir desastres futuros, vemos numerosos intentos de sacar provecho de esa crisis. Por aquel entonces ya creía que el cambio climático iba a suponer una barra libre sin precedentes para el capitalismo del desastre. Me pareció una progresión lógica pasar de escribir sobre el capitalismo del desastre en La doctrina del shock a escribir sobre el cambio climático. Mientras escribía La doctrina del shock, también estaba cubriendo la guerra de Irak y el negocio de la guerra, y empecé a darme cuenta de que esos mismos patrones se repiten después de desastres naturales como el tsunami asiático o el huracán Katrina. En ese libro hay capítulos que hablan sobre ambos acontecimientos. Más tarde, me di cuenta de que el cambio climático podría suponer una especie “shock del pueblo”, una respuesta a la doctrina del shock –que, en vez de otra coyuntura para que el capitalismo del desastre se alimente de la miseria de la gente, sea una oportunidad para que las fuerzas progresivas ahonden en la democracia y realmente mejoren la calidad de vida de todo el mundo. Después, al escribir un artículo sobre las reparaciones de guerra para la revista Harper’s, me topé con el concepto de la “deuda climática”. Me reuní con la embajadora boliviana ante organismos internacionales –se llama Angélica Navarro– y me dijo que el cambio climático podría brindarnos la oportunidad de implementar un Plan Marshall ecológico a nivel global, en el que el norte pagaría su “deuda climática” mediante un proyecto de desarrollo medioambiental a gran escala.
Tras el huracán Sandy, escribiste sobre el potencial del “shock del pueblo”. ¿Crees que ya está ocurriendo? ¿Estamos viendo una respuesta del activismo global ante las condiciones meteorológicas extremas que padecemos hoy en día?
Veo que el shock del pueblo ya está bastante extendido, con diversos colectivos actuando en muchos frentes distintos. Gente que, por ejemplo, ha estado luchando por la agricultura sostenible durante muchos, muchos años, y que ahora se da cuenta de que también es una solución para el problema del clima. Se están reformulando muchas cuestiones –y no de manera oportunista, sino para profundizar en nuestro entendimiento. Aquí en Canadá, la gente que más se está oponiendo a la extracción en arenas de alquitrán son las comunidades indígenas que viven río abajo de los yacimientos. Su oposición no se debe al cambio climático sino a que el alquitrán envenena sus cuerpos. Pero el hecho de que también esté destruyendo el planeta le añade otra capa de urgencia. Creo que sobreponer el cambio climático a otros problemas que sufrimos tiene un potencial enorme.
En cuanto al huracán Sandy, he observado algunas respuestas ciudadanas muy esperanzadoras, particularmente en las montañas de Rockaway, donde la gente estuvo muy organizada desde el principio, donde Occupy Sandy cosechó una cooperación muy fuerte y donde surgieron nuevas redes. La primera fase sólo consiste en la recuperación y, ante la llegada de un proceso de reconstrucción impulsado por empresas privadas, estas comunidades están organizadas para responder, atender las reuniones, enfrentarse con las inmobiliarias y hablar sobre una visión de la vivienda pública muchísima más adecuada que la que hemos visto hasta ahora. O sea que sí, es algo que ya está ocurriendo sin duda. Ahora pasa desapercibido, pero lo estoy siguiendo con mucha atención.
En un artículo que escribiste para The Nation en noviembre de 2011, señalaste que, en lo que al cambio climático se refiere, existe una doble negación: los conservadores niegan la evidencia científica, mientras que algunos sectores de la izquierda niegan las implicaciones políticas de esa evidencia. ¿Por qué crees que algunos ecologistas se resisten a enfrentarse a todo lo que el cambio climático supondrá para el mercado y la economía?
Creo que dentro del movimiento medioambiental de las grandes organizaciones ecologistas existe un profundo estado de negación. A decir verdad, creo que ha sido mucho más dañino que el negacionismo de la derecha debido a todo el terreno que hemos perdido. Porque nos ha llevado en una dirección que ha dado muy malos resultados. Basta con fijarnos en la trayectoria del protocolo de Kyoto, del mecanismo de desarrollo limpio de las Naciones Unidas o del tratado de emisiones de la Unión Europea. Ya hemos tenido casi una década para evaluar los resultados de estos planes y los datos son desastrosos. No sólo han aumentado las emisiones sino que además hemos visto innumerables casos de fraude, que sólo han servido para alimentar las críticas de la derecha. La derecha se ha opuesto a la fijación de límites máximos e intercambio de los derechos de emisión alegando que nos iban a llevar a la bancarrota, que era un regalo para las corporaciones y que, por cierto, no iba a funcionar. Y tenían razón en todos los sentidos. En lo de la bancarrota, no, pero tenían razón al decir que era un regalo enorme para las corporaciones y que ni siquiera nos iba a acercar a lo que, según los científicos, tendríamos que estar haciendo para bajar el nivel de emisiones. Así que me parece muy importante preguntarse por qué los grupos ecologistas han sido tan reticentes a seguir las indicaciones de la ciencia hasta sus conclusiones lógicas. Creo que científicos como Kevin Anderson, y su colega Alice Bows del Tyndall Centre, han sido los más valientes a la hora de enfrentarse en este sentido, porque no sólo se enfrentan a los grupos verdes, sino que también critican a sus colegas científicos por la manera en la que la ortodoxia de la economía neoliberal ha infiltrado el mundo de la ciencia. Es una lectura aterradora porque llevan más de una década diciendo que el nivel de reducción de emisiones que necesitamos en el mundo desarrollado es incompatible con el crecimiento económico.
Lo que sí sabemos es que el movimiento medioambiental obtuvo una serie de victorias espectaculares a finales de los 60 y en los 70, cuando se redactó todo el marco legal para responder a la contaminación y proteger a las especies animales. Fue una victoria tras otra y tras otra. Y esto se convirtió en lo que después se denominarían las leyes de “Imposición y control”, que decían: “No podéis hacer eso. Esa sustancia está prohibida o estrictamente regulada”. Era una estrategia de regulación por parte del gobierno. Pero se detuvo en seco con la llegada al poder de Reagan. Reagan, básicamente, le declaró la guerra al movimiento medioambiental, y de manera muy abierta. Ahí es cuando empezamos a oír algunas de las expresiones empleadas habitualmente por los negadores –equiparar la defensa del medio ambiente con el comunismo y ese tipo de cosas. Con la desaparición gradual de la Guerra Fría, la defensa del medio ambiente se convirtió en el siguiente blanco, el siguiente comunismo. En ese momento el movimiento tuvo la opción de responder de dos maneras posibles: podía luchar y defender sus valores para intentar resistir la apisonadora del neoliberalismo incipiente, o podía adaptarse a esa nueva realidad adecuándose al auge del gobierno corporativista. Eligió lo segundo, y de manera muy consciente, como queda patente en lo que decía por esa época Fred Kupp, el presidente de la Enviromental Defense Fund (Fundación de defensa medioambiental).
Había que aceptarlo o, al menos, tolerarlo.
Exacto. Ahora sabemos que todo gira en torno a convenios corporativos. Ya no es cuestión de “vamos a demandar a estos cabrones”, sino de “vamos a colaborar con estos cabrones a través de convenios corporativos”. Ya no existe un enemigo.
Es más, las grandes empresas se presentan como “la solución”, desempeñan el papel de participantes voluntarios y parte de la solución. Ese es el modelo que ha perdurado hasta nuestros días.
Incluso me remito a casos como la lucha contra NAFTA, el tratado norteamericano de libre comercio. Los grandes grupos medioambientales, con muy pocas excepciones, brindaron su apoyo a NAFTA, a pesar de la sublevación entre sus miembros, y vendieron el tratado al público de forma muy agresiva. Ese es el modelo que se ha globalizado a través de la Organización Mundial del Comercio y que, en muchos sentidos, ha sido responsable de la vertiginosa subida de los niveles de emisiones. Hemos globalizado un modelo económico basado en un hiper-consumismo totalmente insostenible que se está extendiendo con éxito por todo el mundo, y que nos está matando.
Los grupos medioambientales no fueron espectadores pasivos de este proceso. Fueron colaboradores, partícipes voluntarios. No estoy hablando de todos los grupos. No es el caso de Greenpeace, ni de Friends of the Earth ni, en términos generales, del Sierra Club. Tampoco estoy hablando de 350.org, porque aún no existía. Pero creo que se remonta a las raíces elitistas del movimiento y al hecho de que, cuando se crearon muchos de estos grupos conservacionistas, la conservación se entendía como una especie de deber burgués. Se fraguó cuando las élites se juntaban para hacer senderismo y después decidían que tenían que salvar la naturaleza. Pero las élites cambiaron. Llegados a ese momento, si el movimiento medioambiental iba tomar la decisión de luchar, tendría que haber renunciado a ese estatus de élite, pero no estaban dispuestos a hacerlo. Creo que es uno de los mayores motivos por los que los niveles de emisiones están donde están hoy en día.
En la cultura norteamericana, siempre hay un afán de obtener soluciones en las que todos salen ganando. Pero si realmente queremos ver una reducción del 80% en emisiones de dióxido de carbono, alguien va a salir perdiendo. Y entiendo que estás diciendo que a los líderes de los grupos medioambientales le resulta muy difícil mirar a los ojos a sus socios para decirles: “vais a salir perdiendo”.
Exacto. Es meterte con el poder. Su estrategia de “todos salimos ganando” ha fracasado. En esa idea se basaba el programa de fijación de límites e intercambio de los derechos de emisión. Y ha resultado ser una estrategia fallida y desastrosa. Los grupos verdes no son tan listos como se creen, les han timado a una escala espectacular. Muchos de sus socios tenían un pie en US CAP [Coalición de EE.UU. para la Acción Climática] y el otro en la Cámara de Comercio Estadounidense. Estaban haciendo sus apuestas y, cuando vieron que se podían salir con la suya sin necesidad de legislación alguna, se deshicieron por completo de US CAP.
La expresión “todos salimos ganando” es curiosa, porque hay muchos perdedores en esta estrategia. Se sacrifica a mucha gente bajo el lema “todos salimos ganando”. En Estados Unidos nos hemos limitado a la lucha por regular los derechos de emisiones y sé que todo el mundo está harto de esa lucha. Creo que sobran las pruebas de que no hemos aprendido las lecciones clave de ese fracaso.
¿Y cuáles crees que son esas lecciones clave?
Una de ellas es que estaban dispuestos a sacrificar a las comunidades que vivían en los perímetros de las zonas contaminadas, solo por conseguir ese “todos salimos ganando” con los grandes contaminadores que forman parte de esa coalición. Había comunidades en Richmond, California, por ejemplo, que pensarían: “Si luchamos contra el cambio climático, nuestros hijos padecerán menos de asma”. En esa situación no ganaron todos porque llegaron a un acuerdo que decía: “Vale, podéis seguir contaminando, pero vais a tener que comprar compensaciones de emisión en otra parte del planeta”. El beneficio local desaparece, se sacrifica.
A mí me encantaría que todos saliéramos ganando. El libro que estoy escribiendo argumenta que nuestras respuestas ante el cambio climático pueden reconstruir la esfera pública, fortalecer nuestras comunidades y crear empleo digno para todos. Podemos abordar la crisis financiera y la crisis ecológica al mismo tiempo. Lo creo de verdad. Pero considero que solo podremos salir ganando todos mediante coaliciones con las personas, no con las corporaciones. He observado una predisposición a sacrificar los principios básicos de la solidaridad, ya sea en esa comunidad a las afueras de Richmond, California, o en una comunidad indígena en Brasil a la que, como sabemos, obligan a abandonar su territorio porque su jungla se ha convertido en un sumidero de carbón o la han incluído en el programa de compensaciones. Ya no tienen acceso a la jungla que les permitía vivir de manera sostenible, porque está vigilada y porque un grupo conservacionista ha decidido intercambiarla por otra cosa. Estos son los sacrificios que se hacen. En este modelo hay muchos perdedores y ningún ganador, que yo vea.
Has hablado sobre el Mecanismo de Desarrollo Limpio como una especie de capitalismo del desastre. ¿No crees que la geoingeniería es la máxima expresión del capitalismo del desastre?
De lo que no me cabe duda es de que es la máxima expresión del afán de evitar todo el trabajo duro que supondría reducir las emisiones, y creo que ahí reside su atractivo. Creo que cuanto más imposible resulte negar la existencia del cambio climático, más estrategias como ésta veremos. Mucha gente querrá dar el salto directo a la geoingeniería. El atractivo de la geoingeniería es que no amenaza nuestra visión del mundo. Nos deja en una posición dominante. Nos dice que hay una escotilla de emergencia. Por eso veremos un aumento del tipo de discursos que nos han llevado hasta este punto, en los que nos auto-adulamos por el poder que tenemos.
Nuestra manera de responder ante el cambio climático implica la voluntad de sacrificar a grandes números de personas –ya estamos mostrando una brutalidad frente al cambio climático que me parece espeluznante. Creo que ni siquiera existe el lenguaje apropiado para describir la geoingeniería, porque sabemos perfectamente que esas decisiones permitirán la extinción de culturas y pueblos. Tenemos la capacidad de pararlo y elegimos no hacerlo. Por eso creo que la inmoralidad tan profunda y la violencia que hay detrás de esa decisión no se ve reflejada en el lenguaje que empleamos. Se puede ver en esos congresos sobre el clima, donde los delegados africanos utilizan palabras como “genocidio” y los delegados europeos y norteamericanos se muestran muy molestos, muy a la defensiva. Pero lo cierto es que la definición de genocidio de las Naciones Unidas es: el acto deliberado para hacer desaparecer o desplazar a las personas. Lo que están diciendo los delegados que representan el Norte es: “No lo hacemos porque queramos que desaparezcáis, lo hacemos porque, en el fondo, no nos importáis. Mientras podamos continuar con nuestro negocio, nos da igual si desaparecéis o no. Es un efecto secundario de los daños colaterales”. Pero a la gente que se enfrenta a esta desaparición le da igual si se hace con malicia o no porque todavía podríamos impedirlo. Y estamos eligiendo no impedirlo. Creo que una de las crisis que tenemos es una crisis lingüística. No estamos hablando de esto con el lenguaje de urgencia y mortalidad que merece el tema.
Dices que el discurso progresista es insuficiente. ¿Cuál sería un discurso alternativo para darle la vuelta a la situación?
Bueno creo que el discurso que nos ha llevado a esta situación –y este es, en parte, el motivo por el que vemos un negacionismo tan fuerte sobre el cambio climático en Norteamérica y Australia– tiene bastante que ver con la mentalidad de frontera. Está muy ligado a la idea de que siempre habrá más, de que vivimos en tierras que eran supuestamente inocentes, tierras “que descubrimos” y donde la naturaleza era abundante. Nadie podía imaginarse que se agotarían. Son mitos fundacionales.
Por eso me ha dado muchísima esperanza el surgimiento del movimiento Idle No More, porque me parece que los líderes indígenas están mostrando un espíritu de tremenda generosidad en su afán de educarnos en una narrativa distinta. Acabo de participar en una mesa redonda de Idle No More y yo era la única ponente no indígena. Todos los demás ponentes decían que querían adoptar un rol de liderazgo. Han tardado bastante en llegar a este punto. Estas comunidades han sido víctimas de muchísimos abusos y están muy enfadadas –con razón– con la gente que les robó las tierras. Es la primera vez que he visto esta apertura, una voluntad palpable de aportar algo, de liderar, de modelar otra forma de relacionarse con la tierra. Eso es lo que me está dando muchísima esperanza ahora mismo.
La gente no ha entendido los efectos de Idle No More todavía. Mi marido está filmando un documental que acompañará al libro y, en estos momentos, está rodando en Montana. También hemos estado filmando mucho en la reserva norte de los Cheyenne, porque hay ahí un depósito enorme de carbón, y ya llevan muchos años debatiendo sobre si se extrae el carbón o no. Parecía que al final lo iban a extraer, lo cual va en contra de sus profecías, y les resultaba muy doloroso. Pero ahora hay una generación de jóvenes en la reserva que están empeñados en dejar el carbón en el suelo, y se están formando a sí mismos para subsistir con energía eólica y solar. Todos hablan del movimiento Idle No More. Creo que está pasando algo muy potente. En Canadá tiene una importancia tremenda, como la tiene en toda Norteamérica, debido a las enormes cantidades de energía sin explotar, energía hidrocarburífera que se encuentra en tierras indígenas. Lo mismo podemos decir del petróleo del ártico y, sin duda, de las arenas de alquitrán. Es aplicable a todos los sitios en los que se quieren construir oleoductos. Es aplicable a las explotaciones de gas natural. Es aplicable a los grandes depósitos de carbón en Estados Unidos. Creo que en Canadá nos tomamos los derechos indígenas con más seriedad que en Estados Unidos. Espero que eso cambie.
Es interesante porque, mientras que algunos de los grupos ecologistas establecidos están encandilados con ideas como los servicios de ecosistema o el capital natural, existe este contradiscurso que viene del Sur global y de las comunidades indígenas. Es como una especie de dialéctica.
Sí, es el contradiscurso, esas son las formas alternativas de ver el mundo que están emergiendo ahora mismo. Hay otra cosa que está pasando –no sé cómo llamarla. Es quizá un movimiento reformista, una rebelión de base. Algo está pasando en el movimiento medioambiental en Estados Unidos y Canadá y, sin lugar a dudas, en el Reino Unido. Tiene que ver con lo que yo llamo “la visión del mundo del astronauta” –es decir, observar La Tierra desde el espacio– que se ha impuesto entre los grandes grupos del movimiento medioambiental durante mucho tiempo. Creo que ha llegado la hora de dejar atrás la iconografía del planeta azul porque nos sitúa por encima de todo y nos lleva a ver la naturaleza de una manera muy abstracta, como un gran tablero de ajedrez donde vamos moviendo fichas. Nos ha hecho perder la conexión con la Tierra; la vemos como “el planeta” en vez de “la Tierra”.
Creo que esto se ha hecho especialmente patente con el fracking, o fractura hidráulica. Todos los directivos del Sierra Club, del NRDC y del EDF decidieron que esto sería un “combustible de transición”. “Hemos hecho los cálculos y vamos a dar nuestro apoyo a esta técnica”, dijeron. Entonces se enfrentaron al rechazo generalizado de sus miembros, sobre todo los del Sierra Club. Y eso les ha llevado a modificar ligeramente su postura. Ha sido porque las bases dijeron: “Un momento, ¿qué clase de ecologistas somos si no nos preocupamos por el agua o por la industrialización de los paisajes rurales? ¿En qué se ha convertido el ecologismo?”. Así pues, ha surgido una resistencia, a nivel local y de base, en los movimientos que se oponen al oleoducto Keystone XL y al oleoducto Northern Gateway, o en el enorme movimiento contra el fracking. Ellos son los que están ganando batallas, ¿no te parece?
Creo que los grandes grupos medioambientales se están volviendo totalmente irrelevantes. Algunos reciben muchísimo dinero de corporaciones, fundaciones y donantes ricos, pero todo su modelo está en crisis.
No quiero acabar con algo tan deprimente.
No estoy segura de que sea tan deprimente.
Puede que tengas razón.
He de aclarar que estoy expresando mi propia opinión, pero también veo grandes cambios. Creo que el Sierra Club ha experimentado un proceso de reforma. Ahora mismo están en la primera línea de estas luchas. Y creo que muchos de estos grupos están teniendo que escuchar a sus socios. Algunos rechazarán el cambio porque están demasiado atrincherados en su modelo de convenios con grandes empresas, aún tienen demasiados conflictos de interés. Ésos son los grupos que van a sufrir de verdad. Y no pasa nada, en mi opinión. Creo que en estos momentos hay mucha presión en Europa, donde unos 100 grupos de la sociedad civil están presionando a la Unión Europea para que, en vez de intentar arreglar su fallido sistema de compensaciones de carbono, lo abandonen por completo y empiecen a hablar de cómo deshacerse de las emisiones a nivel doméstico y dejar atrás esta estafa. Creo que ese es el momento en el que nos encontramos. No tenemos más tiempo que perder con todos estos juegos de trileros que no dan resultado.
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Vivir sin crecimiento económico/ Charles Eisenstein
Esta entrevista también ha aparecido en:
“La misión de la Web 2.0 es destruir el aspecto P2P de Internet”
Marc Garrett entrevista a Dmytri Kleiner
- Traducido por Stacco Troncoso, editado por Carmen Lozano Bright – Guerrilla Translation! Imagen de Studio Leon & Lóes
- Artículo original en Furtherfield
“En los albores del nuevo milenio, los usuarios de la Red están desarrollando un modo de colaboración mucho más eficaz y ameno: el ciber-comunismo.” Richard Barbrook, “El Manifiesto CyberComunista”
Dmytri Kleiner, autor del Manifiesto Telekomunista, es un desarrollador de software involucrado en proyectos que “investigan la economía política de Internet, junto al ideal de la autoorganización obrera de los medios de producción, como una forma de lucha de clases.” Nacido en la URSS, Kleiner se crió en Toronto y actualmente reside en Berlín. Es el fundador del Telekommunisten Collective (Colectivo Telekomunista), un proveedor de servicios de telefonía e Internet que también se dedica a proyectos artísticos como deadSwap (2009) y Thimbl (2010) a fin de explorar cómo las relaciones sociales están esquematizadas dentro de las tecnologías de la comunicación.
“Recientemente, recibimos una copia física del Manifiesto Telekomunista en la redacción de Furtherfield. Tras leer el manifiesto, es patente que supone un revulsivo en el debate sobre iniciativas colaborativas basadas en el procomún. Es una llamada a la acción que pone en entredicho nuestro comportamiento social y nuestra relación con la propiedad y los métodos de producción. El manifiesto propone alternativas a Creative Commons y a las manifestaciones jerárquicas del capitalismo (tanto en red como en espacios físicos) mediante una actitud Copyfarleft, así como las estrategias colectivas del Telekomunismo y su “Comunismo de Riesgo”.a Son muchos los colectivos de arte digital que intentan salvaguardar sus principios éticos en un mundo en el que es casi inevitable verse absorbido por el poder institucional. Esperamos que esta conversación ofrezca alternativas para proceder con cierta dignidad recíproca dentro de este torbellino al que llamamos vida…”
Que empiece la discusión…
Marc Garrett: ¿Por qué decidiste crear una copia en papel del Manifiesto republicada por el Institute of Networked Cultures (Instituto de Culturas en Red), de Amsterdam?
Dmytri Kleiner: Geert Lovink se puso en contacto conmigo ofreciéndose a publicarlo y acepté la oferta. Con textos largos, me parece más práctico poder leer copias físicas.
MG: ¿A quién va dirigido el Manifiesto?
DK: Me siento identificado con hackers y artistas con conciencia política, especialmente artistas cuya obra está relacionada con la tecnología y la cultura en red. Gran parte de la temática y la ideología expuesta en el Manifiesto proviene de una conversación continua con estas comunidades y el Manifiesto es una contribución más a ese diálogo.
MG: Desde la llegada de Internet, hemos vivido el auge de varias comunidades en red que han explorado una expresividad tanto individual como colectiva. Muchas coinciden en su oposición a los sistemas masivos desplegados por corporaciones como Facebook y MySpace. Evidentemente, vuestro proyecto critica toda esa hegemonía que influye en nuestro comportamiento mediante la esquematización en red, la apropiación neoliberal y un aparato de vigilancia cada vez más expandido. En el manifiesto dices “Para poder cambiar la sociedad debemos expandir activamente el alcance de nuestros bienes comunes, para que nuestras comunidades independientes, entre iguales, sean materialmente sostenibles y capaces de resistir los avances del capitalismo.” ¿Puedes dar algún ejemplo de alternativas “materialmente sostenibles”?
DK: Ahora mismo no hay ninguna. Para ser preciso, lo único que poseemos en común es la riqueza inmaterial, por lo que cualquier plusvalía derivada de estas nuevas plataformas y relaciones siempre acabará en manos de quien gestiona recursos escasos, bien porque son físicamente escasos, o porque se les ha impuesto la escasez mediante leyes que protegen patentes y marcas registradas. La sostenibilidad de las comunidades en red depende del acceso a unos bienes comunes capaces de sustentar a estas mismas comunidades. Tenemos que expandir el ámbito del procomún para incluir estos bienes.
Dmytri Kleiner en la presentación del ‘Manifiesto Telekomunista” en “Economies of the Commons 2”, noviembre de 2010, De Balie, Amsterdam.
MG: El Manifiesto reabre el debate en torno a la importancia de las clases, y dice “La condición de la clase obrera en la sociedad se ve esencialmente asociada a la falta de poder y a la pobreza; la condición de la clase obrera en Internet no dista mucho.” ¿Puedes darnos algunos ejemplos de esta clase obrera en el contexto de Internet?
DK: Mi concepto de clase obrera es muy clásico: cualquiera cuya subsistencia dependa de estar trabajando continuamente. El sistema de clase describe una serie de relaciones. El proletariado es aquella clase que carece de los medios de producción independientes necesarios para garantizar su propia subsistencia y, por tanto, necesita de un salario, de mecenazgo o de caridad para sobrevivir.
MG: Por una serie de motivos personales y sociales, me gustaría que la clase obrera no fuera exclusivamente percibida como marginada o económicamente desaventajada, sino verla también como una clase involucrada en situaciones de empoderamiento individual y colectivo.
DK: Claro, la clase obrera comprende a una gama muy amplia de personas. Lo que les une es que, por lo general, no son propietarios de bienes productivos. Como clase, no tienen capacidad de acumulación de plusvalía. Como verás, mi concepto de clase no tiene nada de novedoso.
MG: Tras las muerte de Marx, Engels le recordó a los estudiosos de éste que “Toda la historia ha de ser estudiada de nuevo”.1 Dentro de la clase obrera de la cultura contemporánea y la cultura en red ¿quiénes son los individuos o colectivos que ves con más posibilidad de escapar de su clase social?
DK: Siempre ha habido individuos capaces de superar su clase social. Muchos empresarios de la burbuja puntoCom le sacaron partido a las “ventas” multimillonarias de sus plataformas, al igual que otros individuos desprovistos de propiedad en otros ámbitos. Ahora mismo, la movilidad entre clases y a gran escala se ha vuelto mucho más improbable. Si naces pobre hoy en día, tendrás menos oportunidades de no morir siendo pobre o de evitar que tus hijos queden sumidos en la misma pobreza. Es la condición global.
No nos veo trascendiendo estas condiciones de clase hasta que haya una abolición de las clases. Aunque ahora, y a base de equivocación, se puede convencer a la gente de que el concepto de clase social ha dejado de ser aplicable. De hecho, es una táctica muy extendida entre la derecha para degradar la conciencia de clase. Aún así, las condiciones de clase son relacionales. El poder de las clases varía según la época y dependiendo de la condiciones históricas.
La condición de una clase reside en el equilibrio de su lucha contra las demás clases. Este equilibrio viene determinado por su capacidad de lucha. El procomún es uno de los componentes que afectan nuestra capacidad, especialmente al reemplazar bienes por los que, en otras circunstancias, hubiéramos tenido que comprar a dueños capitalistas. Si lograramos traspasar la producción desde bienes productivos propietarios hasta bienes comunes, habría un desplazamiento en este equilibrio de poder entre clases y, así, más que escapar de nuestra condición de clase, la transformaremos. Pero este traspaso es proporcional al valor económico de los bienes, por lo que requiere de una expansión del procomún para incluir bienes con valor económico o, lo que es lo mismo, bienes escasos capaces de producir rentas.
MG: El Manifiesto Telekomunista propone un “Comunismo de Riesgo” como nuevo modelo operativo para la producción entre iguales, alegando que “el comunismo de riesgo provee una estructura para que los productores independientes compartan un patrimonio común de activos productivos, permitiendo que las formas de producción antes asociadas exclusivamente con la creación de valor inmaterial, como el software libre, se extiendan a la esfera material”. Aparte de vuestra evidente apropiación lingüística del término “Capitalismo de Riesgo” para convertirlo en “Comunismo de Riesgo”, ¿cómo surgió la idea?
DK: Empezó con la apropiación del término.
La idea surgió de la comprensión de que todo lo que estábamos haciendo dentro de las comunidades de la cultura libre, el software libre y las redes libres, sólo era sostenible cuando servía a los intereses del capital y que, por tanto, no tenía la capacidad emancipadora que yo y otros veíamos en ellas. La financiación capitalista implica que, en el fondo, lo único que permanece libre es el capital en sí. El software libre estaba en su época de crecimiento, mientras que la cultura libre se vio sumida en una guerra en torno al derecho a compartir y reutilizar, con el resultante desplazamiento desde las redes libres hacia las plataformas centralizadas, la censura y la vigilancia. Al darme cuenta de que esto se debía a la lógica de captura de ingresos y la precondición del capital, supe que necesitábamos una alternativa y unos modos de financiación compatibles con los ideales emancipatorios que, para mí, van implícitos dentro de la comunicación libre, junto a una manera de construir infraestructuras comunicativas concebidas como libres y con la capacidad de permanecer como tal. Bauticé todo este concepto como “Comunismo de Riesgo” y me puse manos a la obra para entender cómo podría llevarse a cabo.
MG: Es un vehículo eficaz para la lucha revolucionaria de la clase obrera. También hay una propuesta para una “Comuna de Riesgo”, a modo de empresa. ¿Cómo funcionaría?
DK: La comuna de riesgo funcionaría de la misma manera que un fondo de inversión de capital de riesgo, pero financiando empresas basadas en torno al procomún. El papel de la comuna sería distribuir propiedades escasas de la misma forma que una red distribuye propiedades inmateriales. Adquiere sus fondos emitiendo titulización de créditos — por ejemplo, en forma de bonos — y adueñándose de bienes productivos para ponerlos en venta, beneficiando así a las empresas que están bajo su tutela. Los trabajadores de la empresas son también dueños de la comuna, y las rentas obtenidas se dividen equitativamente entre todos. Esto, como complemento a cualquier remuneración que puedan recibir por su trabajo dentro de las empresas.
Esto es sólo un boceto y en ningún momento digo que el modelo del comunismo de riesgo esté acabado, o que las ideas que expreso en torno a él sean definitivas. Se trata de un proyecto continuo y, en tanto que tenga un futuro, no me cabe duda de que evolucionará según se vaya topando con la realidad, por no mencionar las ideas de los demás y sus innovaciones.
Lo principal es que necesitamos un modelo como este, su implementación y los detalles que propongo son… pues eso, propuestas.
MG: Entonces, con esta combinación de software libre, licencias Copyleft y Copyfarleft y los medios de producción entre iguales, ¿habría propiedades a título del colectivo o cooperativa, igual que ocurre con las acciones de una empresa?
DK: El modelo que apoyo ahora mismo es el de comuna que agrupa muchas empresas, cada una de ellas independiente y de tal manera que la comuna sería la propietaria del 100% de las acciones de cada empresa. Los trabajadores de las empresas serían también propietarios de la comuna. La comuna tendría acciones que se distribuirán entre los propietarios y tocarían a una por cabeza.
MG: En el Manifiesto hay una sección titulada “CREATIVE ANTI-COMMONS” b en la que se habla de Creative Commons como algo contrario al procomún, vendiendo “la lógica de la privatización capitalista bajo un nombre deliberadamente engañoso”. Esto para muchos, ya sean liberales o con una mentalidad más radical, es un tema controvertido, dado que cuestiona la propia naturaleza de muchos comportamientos en red. Me siento intrigado por la elección de la palabra “privatización”. Muchos, y me incluyo a mí mismo, asumimos que describe un proceso en el que una organización sin ánimo de lucro pasa a ser un negocio privado, normalmente a instancias del gobierno y con el objetivo de añadir más ingresos a los presupuestos nacionales a través del desmantelamiento de servicios públicos generalizados. ¿Estás diciendo que Creative Commons actúa de la misma manera, pero dentro de su rol de corporación distribuida y basada en Internet?
DK: Hay partes significativas del Manifiesto que son remezclas de textos anteriores y esa frase originalmente proviene de un artículo más largo llamado “COPYRIGHT, COPYLEFTYCREATIVEANTI-COMMONS,” escrito por mí y Joanne Richardson bajo el seudónimo de “Ana Nimus”.
Con esto queremos expresar que el “común de “Creative Commons” está privatizado porque el autor sigue reteniendo su copyright mientras que, en la mayoría de los casos, lo único que se ofrece a la comunidad está bajo cláusulas no comerciales. El autor original disfruta de privilegios especiales, mientras que los usuarios del procomún tienen derechos limitados, específicamente limitados y de tal manera que se elimina cualquier posibilidad de que se ganen la vida por medio de esa obra. Por tanto, estas obras no pertenecen al procomún, sino que son obras privadas. El autor original es el único con derecho a rentabilizar la obra.
Toda concepción previa de un procomún intelectual o cultural — incluyendo la cultura pre copyright y anti copyright, y los principios del movimiento del software libre — estaba basada sobre el concepto de no conceder privilegios especiales al autor original, prefiriendo insistir en el derecho de todos a utilizar y reutilizar este material en común. Las licencias no comerciales representan una privatización de la idea del procomún y la reintroducción del concepto de un artista original y único con derechos privados y exclusivos.
Es más, dado que considero toda expresión como una extensión de percepciones previas, las ideas “originales” sobre las cuales se derivan esta serie de derechos no son realmente originales, sino una apropiación ejecutada mediante los derechos auto-otorgados de los licenciadores de Creative Commons. Más allá de la mera privatización del concepto y composición del procomún moderno cultural, al determinar un autor único, Creative Commons coloniza nuestra cultura común, otorga una autoría exclusiva a un cuerpo de trabajo en crecimiento constante y, en efecto, expande el alcance de la cultura privada en detrimento de la cultura del procomún.
MG: Esto nos lleva a Thimbl, una platafroma de microblogging distribuida, de código abierto y gratuita que, según tus palabras, es “…similar a Twitter o identi.ca. Pero Thimbl es una aplicación web especializada basada en un protocolo de información de usuario llamado Finger. El protocolo Finger se desarrolló en los 70 y, como tal, es compatible con todas las plataformas de servidor actuales.” ¿Por qué creaste Thimbl y qué tipos de individuos y grupos crees que lo van a utilizar y cómo?

DK: En primer lugar, y por encima de todo, Thimbl es un concepto artístico.
Una de las corrientes base del Telekomunismo es que el capital no financia a plataformas distribuidas y libres, sino que prefiere financiar plataformas centralizadas y de propiedad privada. Thimbl es, en parte, una parodia de tecnologías supuestamente innovadoras como Twitter. Al crear una plataforma similar a Twitter pero utilizando el protocolo Finger, Thimbl demuestra que “el micro-blogging” ya era parte de la cultura en red de los 70 y que, por consiguiente, ni la inversión de capital multimillonario, ni los centros de datos centralizados masivos son realmente necesarios para ejecutar estas formas de comunicación, sino que más bien se utilizan para tener un control centralizado y obtener rentas de las propias plataformas.
MG: En InfoEnclosure-2.0 ,c un ensayo colaborativo con Brian Wyrick publicado en Mute Magazine, decís que “La misión de la Web 2.0 es destruir el aspecto P2P de Internet. Ahora tú, tu ordenador y tu conexión a Internet dependéis de un servicio centralizado que controla tu capacidad de comunicación. La Web 2.0 supone la ruina de los sistemas libres entre iguales y el regreso de los ‘servicios online’ monolíticos.”2 ¿Crees que Thimbl es un ejemplo del tipo de plataforma que nos liberará de la dominación de las corporaciones Web 2.0?
DK: Claro. Thimbl, aparte de ser una parodia, propone una visión de futuro viable, dado que extiende la utilización de las plataformas de Internet clásicas como alternativa a la implementación de plataformas “full-stack” hipercomplejas. De todas formas, explicamos por qué estas opciones se han ido dejando de lado y que “…el reto más significativo no es técnico sino político”. Nuestra subsistencia como desarrolladores de software nos obliga a trabajar para unos patrones que, la gran mayoría de las veces están financiados por el capital y, por tanto, tienen un interés primordial en el control de los datos de usuario y sus interacciones, dado que la comercialización de estos datos es un prerrequisito para recibir el capital.
Thimbl tendría que verse adoptado por una comunidad muy amplia antes de convertirse en una plataforma viable. Un colectivo pequeño como el nuestro sólo puede llevar el proyecto hasta cierto punto. Estamos encantados de ayudar a cualquiera que quiera unirse a través de nuestro servidor de Thimbl. Creo que “conoce” a la mayoría de los usuarios, dado que yo personalmente sigo a todos los usuarios existentes de Thimbl, o eso creo, y así es como puedes ver el estado de la “Thimbl-esfera” dentro de una línea temporal global.
Pero incluso si el desarrollo de una plataforma como Thimbl no es terriblemente significativo (porque hay mucho que lograr, muy rápidamente), el valor de una plataforma social se deriva del tamaño de su base de usuarios, por eso organizaciones con más alcance que Telekommunisten tendrán que adoptar la plataforma y contribuir a ella para que vaya más allá de ser un concepto gráfico y que funcione como plataforma.
Por otra parte, y como dice la propia página web, “la idea de Thimbl es más importante que el propio Thimbl”, y nos parecería genial ver la creación de otra plataforma libre y gratuita que extendiera los protocolos de Internet clásicos. Hay quien ha sugerido utilizar smtp/nntp, xmmp o incluso http/WebDav en vez de Thimbl, y cada uno de estos tiene sus ventajas e inconvenientes. Nuestro objetivo es desarrollar una plataforma abierta y libre, funcione como funcione, y Thimbl es una contribución artística técnica y conceptual en torno a este objetivo.
MG: Otro proyecto es la página de Facebook de Telekommunisten, donde ya tenéis más de 3000 fans. Es un buen ejemplo de la complejidad y las contradicciones que afectan a muchas iniciativas independientes. Tenemos la impresión de que Internet, en estos momentos, está controlado por una serie de nodos centrales; es como cuando un vecindario se ve dominado por grandes espacios comerciales, mientras que las tiendas más pequeñas e independientes se ven desplazadas. Con esto en cuenta, ¿cómo sorteas estas contradicciones?
DK: No quise utilizar Facebook ni otras plataformas similares durante mucho tiempo. Prefería utilizar el correo electrónico, Usenet y IRC, tal y como vengo haciendo desde los 90. Cuando escribí InfoEnclosure 2.0 aún no era usuario de estas plataformas. Aún así, cada vez era más evidente que la gente no sólo estaba adoptándolas, sino que prefería recibir información a través de ellas; prefiere que se le contacte por redes sociales antes que a través del correo electrónico. Compartir cosas en Facebook les interesa, mientras que recibir correos electrónicos resulta cansino para ciertas personas. Creo que esto se debe a una serie de motivos que, de por sí, son interesantes y comienzan con el hecho de que el capital ha invertido millones para mejorar la utilidad de estas plataformas, mientras que las plataformas de Internet “clásicas” se han quedado más o menos como estaban en los 90. Además, hay mucha gente utilizando las redes sociales que jamás fue partícipe del tipo de listas de correos o grupos de Usenet, etc que yo empleaba antes para compartir información.

Me di cuenta que, para alcanzar a más gente y compartir información, tendría que hacerlo a través de las tecnologías que empleaban los demás, que no son necesariamente las que yo preferiría utilizar.
Mi crítica de Facebook y de otras plataformas similares no es que no sean útiles, sino que son plataformas privadas, centralizadas y patentadas. Además, abstenerme de utilizar Facebook en nombre de mi propio ascetismo mediático no me interesa. No veo el capitalismo como una elección de consumo, estoy más interesado en la condición de las masas, que en mi propia corrección consumista. Al final está claro que criticar a plataformas como Facebook hoy en día supone una utilización de estas plataformas. Por todo esto me hice usuario y lancé la página de Telekommunisten en Facebook. No es sorprendente que haya tenido tanto éxito y que gracias a ella lleguemos a mucha más gente que a través de nuestros otros canales como páginas web, listas de correo, etc. La esperanza es que nos ayude a promover nuevos canales descentralizados, según se vayan implementando.
MG: Me he descargado deadSwap y quiero utilizarlo y explorarlo. En la página dice “Internet está muerto. Para evadir a la fanfarria del control capitalista, la comunicación entre iguales ha de abandonar Internet para asentarse en los callejones oscuros de las operaciones secretas. La cooperación entre iguales ha abandonado la Red y sólo puede sobrevivir en células clandestinas”. ¿Qué me puedes contar de este proyecto? ¿Hay gente utilizándolo ahora mismo?

DK: No tengo ni idea si hay gente utilizándolo, en estos momentos no estoy llevando ninguna red.
Al igual que Thimbl, deadSwap es un concepto artístico. Pero a diferencia de Thimbl, que tiene el potencial de convertirse en una plataforma utilizable, deadSwap es parodia pura y dura.
Se desarrolló para la conferencia Sousveillance de 2009, “El arte de la vigilancia inversa”, celebrada en la Universidad de Aarhus. deadSwap es un juego urbano distópico en el que los participantes hacen las veces de agentes secretos, comparten información en memorias USB, las esconden en localizaciones secretas o, de forma alternativa, las intercambian clandestinamente y se comunican a través de un portal anonimizador de SMS. Es una parodia de la “cúpula hacker” y su reacción al cerco de Internet: esa convicción de que las nuevas tecnologías encubiertas vencerán todo intento de censurar Internet y que, gracias a todo este aparato clandestino, siempre seremos más listos y andaremos un paso por delante de los propietarios y controladores de nuestros sistemas de comunicación. Esta actitud rechaza desde un principio cualquier análisis de clase, con una creencia inamovible en la habilidad que tenemos los hackers para superar la represión estatal y corporativa. Aunque es un concepto muy simple, deadSwap sería muy difícil de poner en práctica. El propio manual dice: “el éxito de la red depende de la competencia y diligencia de los participantes” y “convertirse en un superespía no es nada fácil.”
Sousveillance. “El arte de la vigilancia a inversa”. Universidad de Aarhus, Dinamarca, 8-9 de febrero, 2009
MG: ¿Qué otros servicios/plataformas/proyectos ofrece el Colectivo Telekommunisten a los hackers imaginativos, aventureros y con conciencia social?
DK: Ofrecemos servicios de hosting para individuos, pequeñas organizaciones y, especialmente, para artistas. Tenemos hosting para newsletters, y un servicio de llamadas a larga distancia. Nos puedes encontrar en IRC en in#telnik, dentro de freenode. Vamos a estar especialmente enfocados en Thimbl y damos la bienvenida a todo aquel que quiera participar en el proyecto. También tenemos un foro para la comunidad con el que coordinar todo esto que podéis encontrar aquí.
Quien quiera seguir mis actualizaciones personales, pero prefiere mantenerse apartado de redes sociales, casi todas mis actualizaciones también se publican aquí.
MG: Gracias por esta conversación fascinante, Dmytri.
DK: Gracias a ti, Marc. :-)
Fin de la entrevista.
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Referencias:
1. [Marx/Engels. Archivo de Internet(marxist.org/espanol) Correspondencia Marx-Engels: Engels a Conrad Schmidt, Londres, 5 de agosto de 1890. VersiónOnline.]↩
2. [InfoEnclosure-2.0. Dmytri Kleiner & Brian Wyrick. Lunes, 29 de enero, 2007.]↩
N.de.T.
a. [Venture Communism en el original, juego de palabras (y por admisión del propio Kleiner, como explica más adelante en la entrevista) sobre Venture Capitalism o “Capital de Riesgo”]↩
b. [“Creative Anti-procomún” juego de palabras con el nombre de la licencia Creative Commons.]↩
c. [InfoCercamiento 2.0.]↩
Guerrilla Translation/Relacionado:
Cuatro escenarios futuros para la economía colaborativa/ Michel Bauwens
“El objetivo del juego no es tener un juego con objetivo”/ Douglas Rushkoff
¡El capitalismo me funciona! Verdadero/Falso/ Steve Lambert
Memeplex vol.1: Hieronimo Morfejev
Hieronimo Morfejev/Neuropolitan
- Traducido por Stacco Troncoso, editado por Arianne Sved - Guerrilla Translation!
Los memes nos encantan y nos parecen una de las herramientas de difusión más útiles y originales de la era red. Hace unos meses, nos topamos con la obra de Hieronimo Morfejev, remezclador de imágenes y palabras que da salida a sus creaciones a través de las páginas de Facebook de Avantgardens y Planet Reboot. Cuando entramos en contacto con él se mostró muy ilusionado de que quisiéramos traducir sus memes al español y nos pusimos manos a las obra.
Hemos presentado algunas de estas imágenes a lo largo de los últimos meses en nuestras propias redes, pero también creemos que merecen un lugar aparte donde tenerlos recopilados a modo de exposición.
Según los vayamos traduciendo, iremos añadiendo otros memes de Hieronimo a esta página. No hace falta decir que os animamos a que los copiéis, peguéis y mováis por ahí. Para eso están.
El fenómeno de los curros inútiles
David Graeber
- Traducido por Stacco Troncoso, editado por Arianne Sved - Guerrilla Translation!Imagen de Steve Snodgrass
- Artículo original en Strike! Magazine
En el año 1930, John Maynard Keynes pronosticó que, llegados a fin de siglo, la tecnología habría avanzado lo suficiente para que países como Gran Bretaña o Estados Unidos pudieran implementar una semana laboral de 15 horas. No faltan motivos para creer que tenía razón, dado que nuestra tecnología actual nos lo permitiría. Y sin embargo, no ha ocurrido. De hecho, la tecnología se ha encauzado, en todo caso, para inventar formas de que todos trabajemos más. Para lograrlo se han creado trabajos que, en efecto, no tienen ningún sentido. Enormes cantidades de personas, especialmente en Europa y Estados Unidos, se pasan la totalidad de su vida laboral realizando tareas que, en el fondo, consideran totalmente innecesarias. Es una situación que provoca una herida moral y espiritual muy profunda. Es una cicatriz que marca nuestra alma colectiva. Pero casi nadie habla de ello.
¿Por qué no se ha materializado nunca la utopía prometida por Keynes –una utopía que se seguía anhelando en los sesenta? La explicación más extendida hoy en día es que no supo predecir el aumento masivo del consumismo. Ante la disyuntiva de menos horas o más juguetes y placeres, hemos elegido colectivamente lo segundo. Nos presentan una fábula muy bonita pero, con sólo reflexionar un momento, veremos que no puede ser cierto. Indudablemente, hemos presenciado la creación de un sinfín de nuevos trabajos e industrias desde los años 20, pero muy pocas de ellas tienen que ver con la producción y distribución de sushi, de iPhones o de calzado deportivo de moda.
Entonces, ¿cuáles son exactamente estos nuevos trabajos? Un informe en el que se compara el desempleo de EE.UU. entre 1910 y el 2000 nos da una imagen muy clara (que, recalco, se ve prácticamente reflejada con exactitud en el Reino Unido). Durante el último siglo, ha disminuido drásticamente la cantidad de trabajadores empleados en el servicio doméstico, la industria y el sector agrario. Simultáneamente, “los puestos profesionales, directivos, administrativos, en ventas y en el sector de servicios” se han triplicado, creciendo “de una cuarta parte a tres cuartas partes de la totalidad de la fuerza laboral”. Es decir, tal y como estaba previsto, muchos trabajos productivos se han automatizado (aunque se tome en cuenta la totalidad de trabajadores industriales del mundo, incluyendo la gran masa de trabajadores explotados de India y China, estos trabajadores ya no representan un porcentaje de la población mundial tan elevado como antaño).
Pero en vez de permitir una reducción masiva del horario laboral de modo que todo el mundo tenga tiempo libre para centrarse en sus propios proyectos, placeres, visiones e ideas, hemos presenciado una dilatación, no tanto del “sector de servicios” como del sector administrativo. Esto incluye la creación de nuevas industrias, como son los servicios financieros o el telemarketing, y la expansión de sectores como el derecho corporativo, la administración de la enseñanza y de la sanidad, los recursos humanos y las relaciones públicas. Estas cifras ni siquiera reflejan a toda las personas que se dedican a proveer apoyo administrativo, técnico o de seguridad para esas industrias, por no mencionar toda la gama de sectores secundarios (cuidadores de perros, repartidores de pizza nocturnos) que tan solo deben su existencia a que el resto de la población pase tantísimo tiempo trabajando en otros sectores.
Estos trabajos son lo que propongo denominar “curros inútiles”.
Es como si alguien estuviera inventando trabajos sin sentido solo para tenernos a todos ocupados. Y aquí precisamente es donde reside el misterio. Esto es exactamente lo que no debería ocurrir en el capitalismo. Es cierto que en los antiguos e ineficientes estados socialistas como la Unión Soviética, donde el empleo era considerado tanto un derecho como una obligación sagrada, el sistema creaba todos los empleos que hicieran falta (éste es el motivo por el que en las tiendas soviéticas “se necesitaban” tres tenderos para vender un solo filete). Pero claro, se supone que este tipo de problemas se arregla con la competitividad de los mercados. Según la teoría económica dominante, derrochar dinero en puestos de trabajo innecesarios es lo que menos interesa a una compañía con ánimo de lucro. Y aún así, no se sabe muy bien por qué, pero ocurre.
Aunque muchas empresas se dediquen a recortar sus plantillas despiadadamente, estos despidos, y el correspondiente aumento de responsabilidades para los que permanecen, invariablemente recaen sobre quienes se dedican a fabricar, transportar, reparar y mantener las cosas. Debido a una extraña metamorfosis que nadie es capaz de explicar, la cantidad de administrativos asalariados parece seguir en expansión. El resultado, y esto ocurría también con los trabajadores soviéticos, es que cada vez hay más empleados que teóricamente trabajan 40 o 50 horas semanales pero que, en la práctica, solo trabajan esas 15 horas que predijo Keynes porque pasan el resto de su jornada organizando o atendiendo talleres motivacionales, actualizando sus perfiles de Facebook o descargándose temporadas completas de series de televisión.
Evidentemente, la respuesta no es económica sino moral y política. La clase dirigente se ha dado cuenta de que una población productiva, feliz y con abundante tiempo libre representa un peligro mortal (recordemos lo que empezó a pasar la primera vez que hubo siquiera una aproximación a algo así, en los años sesenta). Por otra parte, la noción de que el trabajo es una virtud moral en sí mismo y que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a una disciplina laboral intensa durante la mayor parte de su vida no merece nada, les resulta de lo más conveniente.
En cierta ocasión, al observar el aumento aparentemente ilimitado de las responsabilidades administrativas en las instituciones académicas británicas, me imaginé una posible visión del infierno. El infierno es un grupo de individuos que pasan la mayor parte de su tiempo desempeñando tareas que ni les gustan, ni se les dan especialmente bien. Imaginemos que se contrata a unos ebanistas altamente cualificados y que éstos, de repente, descubren que su trabajo consistirá en pasarse gran parte de la jornada friendo pescado. Es más, se trata de un trabajo innecesario –solo hay una cantidad muy limitada de pescados que freír. Aun así, todos se vuelven tan obsesivamente resentidos ante la sospecha de que algunos de sus compañeros pasan más tiempo tallando madera que cumpliendo con sus responsabilidades como freidores de pescado, que pronto nos encontramos con montañas de pescado mal cocinado desperdigado por todo el taller, y acaban dedicándose a eso exclusivamente.
Creo que es una descripción bastante acertada de la dinámica moral de nuestra propia economía.
Soy consciente de que argumentos como éste se toparán con objeciones inmediatas: “¿Quién eres tú para determinar qué trabajos son ‘necesarios’? ¿Qué es necesario, a todo esto? Eres profesor de antropología, explícame qué necesidad hay de eso.” (De hecho, muchos lectores de prensa-basura valorarían mi trabajo como la definición por excelencia de una inversión social desperdiciada.) Y, en cierto sentido, esto es indudablemente cierto. No hay forma objetiva de medir el valor social.
No me atrevería a decirle a una persona que está convencida de aportar algo importante a la humanidad que, en realidad, está equivocada. Pero, ¿qué pasa con quienes tienen la certeza de que sus trabajos no sirven de nada? Hace poco retomé el contacto con un amigo de la escuela que no veía desde que teníamos 12 años. Me quedé atónito al descubrir que, primero, se había hecho poeta y, más adelante, fue el vocalista de un grupo de rock indie. Incluso había escuchado algunos de sus temas en la radio sin tener ni idea de que el cantante era mi amigo de la infancia. No cabe duda de que era una persona innovadora y genial, y que su trabajo había mejorado y alegrado la vida de muchas personas alrededor del planeta. Pero, tras un par de discos fracasados, perdió su contrato discográfico y, con la presión añadida de numerosas deudas y una hija recién nacida, acabó, tal y como él lo describió, “eligiendo la opción que, por defecto, eligen muchas personas sin rumbo: matricularse en derecho”. Ahora es abogado mercantil para un prestigioso bufete neoyorquino. Mi amigo no titubeó en admitir que su trabajo carecía de valor alguno, que no contribuía nada al mundo y que, según su criterio, ni siquiera tendría que existir.
Llegados aquí, podemos plantearnos una serie de preguntas. La primera sería: ¿qué dice esto de nuestra sociedad, que parece generar una demanda extremadamente reducida de poetas y músicos talentosos, pero una demanda aparentemente infinita de especialistas en derecho empresarial? (Respuesta: si un 1% de la población controla el grueso de las rentas disponibles, el denominado “mercado” reflejará lo que ellos, y nadie más que ellos, perciben como útil o importante). Es más, esto demuestra que la gran mayoría de estos empleados son conscientes de ello en realidad. De hecho, creo que jamás he conocido a un abogado mercantil que no pensara que su trabajo era una sandez. Podríamos decir lo mismo de casi todos los sectores nuevos mencionados anteriormente. Existe toda una clase de profesionales asalariados que, al toparte con ellos en una fiesta y confesarles que te dedicas a algo que podría considerarse interesante (como, por ejemplo, la antropología) evitan hablar de su profesión a toda costa. Pero después de unas cuantas copas, te sueltan toda una diatriba sobre la inutilidad y estupidez de su trabajo.
Aquí contemplamos una profunda violencia psicológica. ¿Cómo vamos a plantearnos una discusión seria sobre la dignidad laboral cuando hay tanta gente que, en el fondo, cree que su trabajo ni siquiera debería existir? Inevitablemente, esto da lugar al resentimiento y a una rabia muy profunda. El peculiar ingenio de esta sociedad reside en el hecho de que nuestros dirigentes han hallado la manera –como en el ejemplo de los freidores de pescado– de que esa rabia se dirija precisamente en contra de quienes desempeñan tareas provechosas. Por ejemplo, parece que existe una regla general que dictamina que, cuanto más claramente beneficioso para los demás es un trabajo, peor se remunera. De nuevo, es muy difícil dar con una evaluación objetiva, pero una forma fácil de hacernos una idea sería preguntando: ¿qué pasaría si todos estos sectores laborales desaparecieran sin más? Se diga lo que se diga de las enfermeras, los basureros o los mecánicos, es evidente que si se esfumaran en una nube de humo, los resultados serían inmediatos y catastróficos. Un mundo sin profesores o trabajadores portuarios no tardaría en encontrarse en apuros, e incluso un mundo sin escritores de ciencia ficción o músicos de Ska sería, sin duda, un mundo peor. No está del todo claro cuánto sufriría la humanidad si todos los inversores de capital privado, grupos de presión parlamentaria, investigadores de relaciones públicas, actuarios, vendedores telefónicos, alguaciles o asesores legales se esfumaran de golpe. (Hay quien sospecha que todo mejoraría notablemente). No obstante, exceptuando algunos ejemplos bastante manidos, como el de los médicos, dicha “regla” se cumple con sorprendente frecuencia.
Aún más perversa es la noción generalizada de que así es como deben ser las cosas. Este es uno de los secretos del éxito del populismo de derecha. Podemos comprobarlo cuando la prensa sensacionalista suscita el recelo contra los trabajadores del metro londinense por paralizar el servicio durante una disputa contractual. El solo hecho de que los trabajadores de metro pueden paralizar todo Londres demuestra la necesidad de la labor que desempeñan, pero es precisamente esto lo que parece incordiar tanto a la gente. En Estados Unidos van aún más lejos; los Republicanos han tenido mucho éxito propagando el resentimiento hacia los profesores o los obreros del sector automovilístico al llamar la atención sobre sus salarios y prestaciones sociales supuestamente excesivos (y no hacia los administradores de las escuelas o los directivos de la industria automovilística, que son quienes causan los problemas, lo cual es significativo). Es como si les estuvieran diciendo “¡Pero si tenéis la suerte de enseñar a niños! ¡O de fabricar coches! ¡Hacéis trabajos de verdad! Y, por si fuera poco, ¡tenéis la desfachatez de reclamar pensiones y atención sanitaria equivalentes a las de la clase media!”.
Si alguien hubiera diseñado un régimen laboral con el fin exclusivo de mantener los privilegios del mundo de las finanzas, difícilmente podría haberlo hecho mejor. Los verdaderos trabajadores productivos sufren una explotación y una precariedad constantes. El resto se reparte entre el estrato aterrorizado y universalmente denigrado de los desempleados y esa otra capa más grande que básicamente recibe un salario a cambio de no hacer nada en puestos diseñados para que se identifiquen con la sensibilidad y la perspectiva de la clase dirigente (directivos, administradores, etc.) –y en particular, de sus avatares financieros– pero que, a la vez, fomentan el creciente resentimiento hacia cualquiera que desempeñe un trabajo de indiscutible valor social. Evidentemente, este sistema no es fruto de un plan intencionado sino que emergió como resultado de casi un siglo de ensayo y error. Pero es la única explicación posible de por qué, a pesar de nuestra capacidad tecnológica, no se ha implantado la jornada laboral de tres o cuatro horas.
El cínico y el constructor de barcas
Charles Eisenstein
Traducido por Javier Hurtado, editado por Joan Quesada Navidad – Guerrilla Translation! Imágenes de Carlos A. Martínez
Hace unos días estaba en Estocolmo, paseando por la orilla, cuando se acercó un jovenzuelo irlandés y me llamó por mi nombre. No es algo que me pase a menudo —parece que el muchacho forma parte del pequeño grupo de la humanidad que ha leído mi libro Sacred Economics [Economía Sagrada]—, así que me tomé esta coincidencia como señal de que debía detenerme y conversar con él.
Resultó que estaba en Suecia para participar en un programa de dos años de construcción de barcas, aprendiendo técnicas tradicionales para construir pequeñas barcas artesanalmente. Su historia me inspiró de varias formas. En primer lugar, ahí estaba una persona joven e inteligente, comprometida con un trabajo que no ofrece posibilidad alguna de estatus social o riqueza. En segundo lugar, no sólo estaba profundamente entregado a su propia destreza, sino también a la idea de acercar su práctica a otros jóvenes irlandeses a través de una organización que él mismo había cofundado: La Asociación para la Construcción de Barcas Tradicionales Nórdico-Irlandesas. En tercer lugar, cuando me presentó al resto del equipo y me enseñó las barcas que estaban creando, quedé fascinado por el meticuloso trabajo artesanal y la vitalidad de las barcas, que ejemplificaban el «nuevo materialismo» que forma parte de la resacralización del mundo material.
Cuando me marché 15 minutos más tarde, me sentía realmente esperanzado y optimista sobre el estado de la humanidad.
¿Qué me había hecho sentir de manera tan positiva?
¿Qué tiene de bueno que renazca la construcción tradicional de barcas en un contexto de cambio climático, fracking, residuos nucleares, destrucción de los bosques, neoliberalismo, estados obsesionados por la seguridad, hambruna infantil, tráfico de seres humanos, talleres de explotación laboral, encarcelamiento juvenil y el resto de horrores que se extienden por nuestro planeta?
¿Por qué sentía ese optimismo? Aquí va una teoría: el sentimiento me nubló la razón. En un momento de descuido, me dejé engatusar por una pequeña flor que brotaba del vasto vertedero tóxico de nuestra sociedad. Un destello de belleza me distrajo de la fealdad para proporcionarme una gratificante excursión emocional fuera de la lógica irrefutable de la desesperanza. Como sucede con cualquier buena noticia, aquel encuentro me dio falsas esperanzas al sugerir que las cosas no están tan mal después de todo. Y eso, en teoría, es peligroso, porque solo si somos sobriamente conscientes del atroz aprieto en que nos encontramos, seremos capaces de responder apropiadamente, en lugar de fingir despreocupadamente que todo va bien.
Pensemos ahora en una teoría alternativa: el constructor de barcas me dio esperanzas porque forma parte de un cambio masivo de valores que se está produciendo bajo de la superficie de la normalidad. No es una excepción; es más bien una persona aventajada dentro de un extenso movimiento. Aunque su vocación no supone un desafío directo al poder establecido, la redirección de su energía vital ayuda a crear una especie de camino o patrón para que otros hagan lo mismo. Su ejemplo anima a otras formas de no-participación. Cuando uno de nosotros conoce a otra persona que también rechaza las normas y valores dominantes, se siente menos loco por hacerlo. Cualquier acto de rebelión o de no-participación, aún a muy pequeña escala, es por lo tanto un acto político. Construir barcas artesanalmente es un acto político. Eso no quiere decir que el sector bancario, Monsanto, el complejo militar-industrial, etc. vayan a cambiar sus formas de operar como por arte de magia, solo porque fuéramos cada vez más los que nos dedicáramos a construir barcas. Quiere decir que la construcción de barcas y otras formas de provocar cambios provienen del mismo sitio.
El constructor de barcas no eligió ese camino porque pensara que así cambiaría el mundo. Si condicionamos las decisiones al poder práctico que estas poseen para cambiar el mundo, a menudo nos quedamos paralizados, porque los cambios que habría que hacer hoy mismo son tan enormes que no tenemos ni idea de cómo llevarlos a la práctica efectivamente. Todo plan es inviable y toda esperanza es ingenua.
El cínico se cree que es una persona práctica, y que el idealista no lo es. En realidad es al revés. El cinismo es paralizante, mientras que la gente inocente intenta llevar a cabo lo que el cínico dice ser imposible, y a veces lo logra.
Paradójicamente, el mundo cambiará gracias a esos miles de millones de actos inútiles. Debemos obedecer una lógica distinta de aquella que nos hace preguntar: «En el gran orden de cosas, ¿causará esto alguna diferencia?» En el gran orden, por ejemplo, del cambio climático, ni siquiera las acciones que se llevan a cabo para reducir las emisiones de CO2 nos llevarán a ningún lugar. Si vas en bici y reduces la contaminación, ¿de qué sirve eso cuando miles de millones de personas que «no entienden lo que está pasando» continúan sin cambiar de hábitos? Así pues, hay quien dice que, en lugar de montar en bici uno mismo, lo único que merece la pena es intentar convencer a millones de personas para que usen la bici, o presionar como lobby para cambiar las políticas gubernamentales. Sin embargo, por esta regla de tres, nadie empezaría a ir en bici. Necesitamos otra razón, una razón no-instrumental, para hacer cosas de esta manera. Lo que quiero decir es que necesitamos una razón que no dependa del resultado final previsto según la forma habitual de entender las relaciones causa-efecto.
Con esto no quiero decir que no debamos intentar cambiar mentes y sistemas. Es solo que con eso no basta, y tampoco está hecho para todo el mundo. Debemos ser conscientes también del poder de las pequeñas elecciones invisibles..
Mientras me alejaba del constructor de barcas, pensaba: «No puedo permitirme vivir en un mundo donde lo que esta persona hace no tiene ninguna importancia». En nuestra visión del mundo, casi todas nuestras pequeñas decisiones personales resultan intrascendentes. Pero, al tomarlas, no nos sentimos así . ¿Vamos a ignorar ese sentimiento de lo que es importante aquí y ahora, en favor de otros medios de tomar decisiones basados en un cálculo racional de los efectos finales?
Quizás esa mentalidad sea la raíz de nuestros problemas. Para empezar, es la mentalidad del dinero: en nombre de una cifra que representa un fin, desviamos tiempo y recursos de las cosas que nos importan de verdad. Los estudiantes lo hacen constantemente cuando eligen una carrera «práctica» en lugar de estudiar lo que realmente les importa (o dejar la escuela para dedicarse a lo que les apasiona). Es también por esa mentalidad por lo que procuramos volvernos insensibles y sacrificamos ese árbol, ese bosque, ese animal o ese ser humano que se interponen en la vía del progreso.
Cuando dejamos de hacerlo y nos fijamos en lo que tenemos ante nuestras narices, a veces nos parece irracional. ¿Cómo es eso conciliable con la importancia que atribuimos a nuestras pequeñas decisiones?
La aparente irracionalidad de esas pequeñas acciones llenas de belleza y de servicio a los demás proviene del hecho de hallarnos inmersos en una visión del mundo que define lo que es racional, práctico y lógico. Básicamente, esta da a entender que cada uno de nosotros es un yo separado en un universo externo y objetivo sometido a diversas fuerzas. Dada la relativa debilidad de nuestra propia fuerza, en ese universo externo, nada cuanto hagamos importa demasiado. Pero esa forma de ver el mundo está quedando obsoleta. Cuando, por el contrario, nos vemos a nosotros mismos como seres inseparablemente conectados con todo lo que es, cuando consideramos que nuestro yo y el mundo son espejos inseparables el uno del otro, entonces la sensación de que nuestros actos personales poseen un significado cósmico deja de ser irracional. Eso confiere cierta lógica a la creencia de que cuando algo cambia, todo cambia. Y eso confirma la idea de que el constructor de barcas está creando un camino, un patrón, para que otros también cambien.
Aunque podría ofrecer muchos más ejemplos que sugieren que las acciones individuales inciden sobre el mundo de formas que suponen un desafío a la manera habitual de entender la causalidad, y aunque podría citar también algunos cambios de paradigmas científicos que parecen invalidar esa radical distinción entre el yo y los otros con que operamos, estos tampoco ofrecen ninguna certeza ni existen pruebas al respecto. El cínico puede seguir argumentando que no tiene ninguna importancia ni va a servir de nada. Probablemente ya habrás tenido alguna discusión con cínicos así, con ese tipo de realistas que pretenden razonar la imposibilidad práctica de ciertas ideas. Quizás hayas discutido también con el propio cínico que llevas dentro, que te dice lo mismo sobre cualquier cambio que pretendas introducir en tu vida. Bien, todos esos cínicos tienen razón. Desde dentro de los límites de su explicación del mundo, es improbable que funcione. Tendría que ocurrir una especie de milagro, como por ejemplo; que la persona adecuada intervenga desinteresadamente para ayudar en el momento oportuno, o que alguien cambie de opinión y actúe en contra de su propio interés racional.
Si queremos que el planeta sea habitable dentro de 50 años, tendrán que pasar cosas así de forma masiva.
En ausencia de certezas o pruebas, ¿cómo podemos derrotar al cinismo (ya sea interior o exterior)? No podemos. Podemos, sin embargo, tratar la herida que genera. El cinismo protege la herida del idealismo frustrado y la esperanza traicionada. Cualquier cosa que vuelva a despertar esa ingenua creencia de que un mundo más bonito es posible genera, junto a un inspirador sentimiento de esperanza, grandes cantidades de miedo, pena y dolor. Tenemos miedo de sentirnos decepcionados de nuevo. Es más seguro no creer, más seguro desestimarlo como idealista, impráctico o imposible. De ese dolor proviene el escarnio que normalmente acompaña al escepticismo. Puede que ése sea el motivo por el que las teorías científicas heterodoxas, o los fenómenos que sugieren que hay orden, inteligencia y propósito en el universo más allá de nosotros mismos, atraen tantas críticas agresivas.
Vamos a hacer un pequeño experimento. Repite la frase “Eisenstein es un auténtico ingenuo” en tu cabeza varias veces, y déjate llevar por ese planteamiento crítico y sentencioso. ¿Cuál es la mezcla de sentimientos que le acompaña? Puede que sientas cierta gratificación. No hay quien te tome el pelo. Eres práctico, racional, inteligente. No te vas a dejar engatusar por emociones ingenuas para creer en algo. ¿Qué dolor cubren esos sentimientos y juicios? ¿Qué te duele?
Solo cuando nos enfrentemos y curemos esa herida que hay por debajo, podremos alzarnos en nuestra capacidad como agentes del cambio. Solo entonces seremos verdaderamente capaces de creer en aquello que queremos crear, y nos entregaremos por completo a la creación de ese mundo más bonito que nuestro corazón nos dice que es posible. El cinismo, la tristeza, la desesperación no son obstáculos a superar.
Esta traducción también ha aparecido en:
Sé apocalíptico: Por qué lo radical se ha vuelto normal
Robert Jensen
Traducido por Stacco Troncoso, editado por Arianne Sved - Guerrilla Translation! Imagen de Daniel Proulx
¿Sientes ansiedad vital en esta sociedad destrozada, en este planeta saturado? No es de extrañar. La vida, tal y como la concebíamos, está a punto de desaparecer. Mientras que la cultura dominante impulsa la negación disfuncional −tómate una pastilla, vete de compras, encuentra la felicidad− existe una estrategia más sensata: acepta la ansiedad, asume la angustia profunda, y ponte apocalíptico.
Nos hallamos ante una cascada de múltiples crisis ecológicas. Lidiamos con instituciones políticas y económicas incapaces de asumir, y mucho menos solucionar, estas amenazas a la familia humana y al mundo natural en su conjunto. Estamos intensificando un asalto sobre los ecosistemas de los que dependemos, mermando la capacidad del mundo natural para sustentar una presencia humana a gran escala en el futuro. Cuando el mundo se oscurece, fijarse en el lado bueno deja de ser virtud para convertirse en señal de irracionalidad.
En semejantes circunstancias, la ansiedad se vuelve racional y la angustia sana. Ya no son señales de debilidad sino de valentía. El dolor profundo por lo que estamos perdiendo −y lo que ya hemos perdido, y quizá jamás recuperemos− es apropiado. En vez de reprimir estas emociones, podemos confrontarlas, no como individuos aislados sino colectivamente, y no sólo por el bien de nuestra salud mental, sino para incrementar la eficacia de nuestra organización a favor de la justicia social y la sostenibilidad ecológica que aún esté a nuestro alcance. Una vez procesadas estas reacciones, podemos volvernos apocalípticos y empezar el trabajo de verdad.
Puede sonar extraño, dado que normalmente se nos recomienda superar nuestros miedos y no ceder a la desesperación. Defender el apocalipticismo puede resultar aún más raro, debido a su asociación con reaccionarios religiosos que se preparan para “el fin de los tiempos” o con pesimistas laicos obsesionados con la supervivencia. Las personas con sensibilidad crítica, los que nos preocupamos por la justicia y la sostenibilidad, nos vemos como realistas y menos propensos a caer en fantasías teológicas o de ciencia ficción.
Muchos asocian la “apocalipsis” con los delirios de rapto derivados de ciertas interpretaciones del Libro de las Revelaciones cristiano (o el Apocalipsis de Juan), pero conviene recordar que el significado original de la palabra no es “fin del mundo”. El significado tanto de “revelación”, del latín, como de “apocalipsis”, del griego, alude al levantamiento del velo, la divulgación de lo oculto y la llegada de la claridad. En este contexto, hablar apocalípticamente puede ahondar en nuestra comprensión de las crisis y ayudarnos a ver a través de la maraña de ilusiones tejida por las personas e instituciones del poder.
Pero hay un final que tenemos que afrontar. Una vez que nos hayamos enfrentado honestamente a las crisis, podremos ocuparnos de aquéllo que está acabando, que no es el mundo entero sino los sistemas que estructuran nuestras vidas en la actualidad. La vida tal y como la conocemos está, indudablemente, llegando a su final.
Empecemos con las ilusiones: Algunas de las historias que nos hemos contado −afirmaciones provenientes de personas blancas, hombres, o ciudadanos estadounidenses que ven la dominación como algo natural y apropiado− son relativamente fáciles de desmentir (aunque aún son muchos los que se aferran a ellas). Otras aseveraciones delirantes, como la aserción de que el capitalismo es compatible con los principios morales básicos, una democracia sólida y la sostenibilidad ecológica, son más difíciles de desmontar (tal vez porque no parece haber alternativa).
Pero quizás la más difícil de desbancar sea la creencia central de la economía extractiva del mundo industrial: que somos capaces de sostener una presencia humana a gran escala indefinidamente manteniendo los niveles actuales de consumo del Primer Mundo. El cometido de aquéllos con sensibilidad social no es sólo resistirse a normas sociales opresivas y a la autoridad ilegítima, sino proclamar una simple verdad que casi nadie quiere admitir: la vida de alta energía/alta tecnología de las sociedades pudientes supone un callejón sin salida. No podemos predecir con precisión los efectos de la competición por recursos o de la degradación ecológica en las décadas venideras, pero tratar al planeta como una mera mina de la que extraemos y un vertedero al que tirar después los desechos es puro ecocidio.
No podemos saber con certeza cuándo va a acabar la fiesta, pero la fiesta se ha acabado.
¿Parece histriónico? ¿Excesivamente alarmista? Fijémonos en cualquier indicador decisivo sobre la salud de la ecosfera que habitamos −agotamiento de aguas subterráneas, pérdida de suelo fértil, contaminación química, incremento de la toxicidad en nuestros propios cuerpos, la cantidad y extensión de “zonas muertas” en los océanos, la aceleración en la extinción de las especies y la reducción de la biodiversidad− y planteémonos una sencilla pregunta: ¿Hacia dónde nos dirigimos?
Tampoco olvidemos que vivimos en un mundo basado en el petróleo que está agotando rápidamente todo el petróleo barato y fácilmente accesible, lo cual significa que nos enfrentamos a una reconfiguración a gran escala de las infraestructuras que soportan nuestra vida cotidiana. Mientras tanto, la desesperación por evitar tal reconfiguración nos ha llevado a una era de “energía extrema” y a la utilización de tecnologías cada vez más peligrosas y destructivas (fracturación hidráulica, extracción en aguas profundas, minería de extracción de cimas de montaña, extracción en arenas de alquitrán).
Ah, ¿se me ha pasado mencionar la indiscutible progresión del calentamiento global/cambio climático/perturbación climática?
Vivimos en una época en la que los científicos hablan de momentos críticos y de fronteras planetarias, sobre cómo la actividad humana está lastrando la Tierra más allá de su capacidad. Hace poco, 22 científicos de prestigio advirtieron que es probable que los humanos estemos forzando una transición crítica y a escala planetaria “con el riesgo de una rápida e irreversible transformación de la Tierra hasta llegar a un estado desconocido en la experiencia humana”, y eso significa que “los recursos biológicos que ahora damos por sentados pueden verse sujetos a transformaciones rápidas e imprevisibles en cuestión de unas pocas generaciones humanas”.
Tal conclusión se deriva de la ciencia y del sentido común, no de creencias sobrenaturales ni de teorías conspiratorias. Las implicaciones sociopolíticas son evidentes: no habrá solución a nuestros problemas mientras insistamos en salvaguardar el estilo de vida de alta energía/alta tecnología predominante en gran parte del mundo industrializado (y que anhelan muchos de los que, en estos momentos, se ven privados del mismo). Hay mucha gente dura de pelar que, aun estando dispuesta a cuestionar otros sistemas opresivos, se agarra férreamente a esta forma de vivir. El crítico Frederic Jameson ha escrito: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”, pero eso sólo es parte del problema. Para algunos es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del aire acondicionado.
Es cierto, vivimos en una especie de fin de los tiempos. No es el fin del mundo −el planeta seguirá existiendo con o sin nosotros− sino el fin de los sistemas humanos que estructuran nuestra política, economía y vida social. “Apocalipsis” no tiene porqué implicar fantasías de rescate celestial ni el culto a la supervivencia del más fuerte; ser apocalíptico significa ver las cosas claras y comprometernos a recuperar los valores fundamentales.
En primer lugar, debemos reiterar el valor de nuestro trabajo en pro de la justicia y la sostenibilidad, aun sin la garantía de poder cambiar la trayectoria desastrosa de la sociedad contemporánea. Asumimos proyectos, incluso sabiendo que pueden fracasar, porque es lo correcto y, al asumirlos, creamos nuevas oportunidades tanto para nosotros mismos como para el mundo. Al igual que, aun siendo conscientes de que todos moriremos algún día, seguimos levantándonos cada mañana, una evaluación honesta de la realidad planetaria no tiene porqué paralizarnos.
Así pues, abandonemos tópicos tan sobados como: “El pueblo americano hará lo correcto si conoce la verdad” o “Los movimientos sociales del pasado demuestran que nada es imposible”.
No hay ninguna evidencia de que ser conscientes de una injusticia incite automáticamente a la ciudadanía estadounidense, o a cualquier otra, a corregirla. Cuando las personas creen que la injusticia es un mal necesario para mantener su comodidad material, algunas aceptan esas condiciones sin rechistar.
Los movimientos sociales centrados en temas raciales, de género y de orientación sexual han conseguido cambiar leyes y prácticas opresivas y, en menor grado, alterar creencias arraigadas. Pero los movimientos que celebramos más a menudo, como la lucha por los derechos civiles tras la Segunda Guerra Mundial, operaban dentro de una cultura que daba por garantizada la continuidad de la expansión económica. Ahora vivimos en una era de contracción permanente −cada vez habrá menos de todo, no más. Presionar a un grupo dominante a renunciar a ciertos privilegios cuando hay expectativas de abundancia ilimitada para todos es un proyecto muy distinto a hacerlo cuando hay una intensa competencia por acumular recursos. Esto no presupone que seamos incapaces de avanzar en nuestro afán de justicia y sostenibilidad, pero tampoco debemos caer en el simplismo de creer en su inevitabilidad.
Otro tópico a desechar: La necesidad es la madre de la invención. Durante la edad industrial, y gracias a la explotación de nuevos suministros de energía concentrada, la humanidad ha generado una cantidad inaudita de innovación tecnológica, y en poco tiempo. Pero esto no es garantía de que exista una solución tecnológica para cada uno de nuestros problemas; vivimos en un sistema con límites físicos y toda la evidencia apunta a que estamos muy cerca de esos límites. El fundamentalismo tecnológico −dícese de esa creencia cuasi-religiosa que mantiene que la aplicación de la tecnología más avanzada siempre es apropiada, y que todo problema provocado por cualquier consecuencia no intencionada se puede remediar mediante más tecnología− es una promesa tan vacía como cualquier otro fundamentalismo.
Si todo esto nos resulta inaguantable, es porque lo es. Nos enfrentamos a nuevos retos, cada vez más expansivos. En ningún momento de la historia de la humanidad nos habíamos enfrentado a tantas catástrofes potenciales a nivel global; jamás nos habíamos visto amenazados por tantas crisis sociales y ecológicas simultáneamente; jamás habíamos tenido tal abundancia de información sobre las amenazas que hemos de asimilar.
Es fácil huir de nuestra incapacidad de enfrentarnos a ello proyectándola sobre los demás. Cuando alguien me dice: “Estoy de acuerdo con tu evaluación pero la gente no puede asimilarlo”, entiendo que lo que esa persona me está diciendo en realidad es: “Yo no puedo asimilarlo.” Pero asimilarlo es, a fin de cuentas, la única opción sensata.
Los políticos establecidos continuarán protegiendo los sistemas de poder existentes, los directivos de empresas seguirán maximizando ganancias sin importarles nada más y la mayoría de la gente continuará evadiendo estos temas. La tarea de aquéllos con sensibilidad crítica −aquéllos que defienden continuamente la justicia y la sostenibilidad, incluso cuando resulta difícil− es no echarse atrás por el simple hecho de que el mundo se ha vuelto más ominoso.
La adopción de este esquema apocalíptico no supone separarse de la sociedad convencional ni dejar de lado proyectos que busquen un mundo más justo dentro de los sistemas existentes. Soy profesor en una universidad que no comparte ni mis valores ni mi análisis pero, aun así, sigo enseñando allí. En mi comunidad, formo parte de un grupo que ayuda a la gente a crear cooperativas que operarán dentro de un sistema capitalista que, a mi modo de ver, es un callejón sin salida. Pertenezco a una parroquia que lucha por radicalizar el Cristianismo sin dejar de formar parte de una confesión religiosa cautelosa y, a menudo, cobarde.
Soy apocalíptico, pero no me interesa una retórica vacía extraída de movimientos revolucionarios de antaño. Sí, necesitamos una revolución, muchas revoluciones, pero la estrategia aún no está clara. Por tanto, mientras trabajamos pacientemente en proyectos reformistas, podemos seguir ofreciendo un análisis radical y experimentando con nuevas formas de trabajar juntos. Podemos contribuir a reforzar las redes e instituciones que pueden servir de base para los cambios radicales que necesitamos sin dejar de implicarnos en la educación y el activismo a nivel local para obtener objetivos modestos e inmediatos. En estos espacios podemos articular, y vivir, a día de hoy los valores de solidaridad e igualdad que siempre serán esenciales.
Adoptar una visión apocalíptica no es abandonar la esperanza sino reafirmar la vida. Como dijo James Baldwin hace varias décadas, debemos recordar “que la vida es el único punto de referencia y que la vida es peligrosa y que, sin la alegre aceptación de tal peligro, nunca habrá seguridad para nadie, jamás y en ningún lugar”. Evitar la dura realidad de nuestro momento histórico no nos garantiza seguridad alguna, tan sólo sirve para erosionar el potencial de las luchas por la justicia y la sostenibilidad.
Tal y como dijo Baldwin de manera tan aguda en ese mismo ensayo de 1962: “No todo a lo que nos enfrentamos puede cambiarse, pero no podemos cambiar nada hasta que nos enfrentemos a ello”.
Es hora de ponernos apocalípticos, o quitarnos de en medio.
N. del T. Muchas de las ideas expuestas en este artículo están extraidas del libro de Jensen: We Are All Apocalyptic Now: On the Responsibilities of Teaching, Preaching, Reporting, Writing, and Speaking Out.
Agradecimientos espaciales a Nano Sancho, Joan Quesada Navidad y Miki Decrece por sus sugerencias en la traducción del artículo.
Guerrilla Translation/Relacionado:
El futuro ha de ser verde, rojo, negro femenino/ Robert Jensen
“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”/ Naomi Klein
Vivir sin crecimiento económico/ Charles Eisenstein
Retomando el Mundo
Guión de Douglas Rushkoff. Imágenes de Seth Kushner
- Traducido por Stacco Troncoso. Editado por Paka McDirham – Guerrilla Translation!
- Cómic original en Trip City
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El desempleo es la cura de todos los males
Paul B. Hartzog
- Traducido por Andrés Delgado, editado por Stacco Troncoso & Paka McDirham - Guerrilla Translation!
- Imagenes de SEIER+SEIER
- Artículo original
La primera vez que me topé con la idea de “desempleo” como un objetivo deseable fue en 1979, en la obra de Robert Anton Wilson y, en particular, en su “Trilogía del gato de Schrodinger”.
Si la memoria no me falla, Bob mencionó la idea de otorgar un salario público a cualquiera capaz de inventar un dispositivo que hiciera su trabajo obsoleto. A primera vista, ésta parece ser una más de la larga lista de promesas incumplidas de la época de “los sueños de la automatización”, pero la idea de pagar a la gente por crear nuevas eficiencias en infraestructura se hizo hueco en mi cabeza. Así, surgió la idea de que los cambios tecnológicos producirían un desempleo estructural masivo e insostenible. Tenía 11 años de edad.
La Lógica del Ocio
En 1932, Bertrand Russell escribió “En elogio a la ociosidad”donde declara:
“La técnica moderna ha hecho posible que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad. (…) el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de el trabajo.”
La lógica de la “producción” sigue los siguientes parámetros:
Si el mundo requiere cierta cantidad de “algo”, hay dos opciones:
- Cierto número de personas trabaja TODO el tiempo para producir la cantidad deseada, o
- Un número aún más grande de personas trabaja PARTE del tiempo para producir la cantidad deseada.
Ah, pero la lógica del “consumo” es algo distinto, y viene a decir:
- Necesitamos emplear a la gente constantemente.
- Dicho empleo produce un excedente.
- La gente necesita ser convencida de comprar el excedente a través de la publicidad y marketing.
- El excedente debe ser rápidamente convertido en desechos, para que la gente vuelva a comprar.
- Esto se logra negando las necesidades básicas de todos, así hay que trabajar para consumir.
La primera historia, es una receta para una civilización que invierte parte de su tiempo cumpliendo sus obligaciones con la sociedad y el resto de su tiempo en la búsqueda de placer y de otros intereses y proyectos. La segunda historia, es una receta para una civilización llena de basura, contaminación y esclavitud colectiva.
La difusión de las tecnologías de información y la computerización masiva crea desempleo. Daniel Yankelovitch señala:
“En la economía globalizada de hoy, los empleadores pueden crecer y ser rentables al reestructurar sus operaciones para ser menos dependientes de un gran número de trabajadores a jornada completa, con beneficios completos y reclutados localmente. Pueden reducir su propia fuerza laboral sistemáticamente, empleando la fuerza laboral de otras naciones y organizando su trabajo de tal manera que gran parte del mismo sea producto de una fuerza laboral contingente. Se trata de una fuerza de laboral a la cual no hay que pagar beneficios, y a la que no hay obligación de conceder unos mínimos de seguridad laboral… [De esta forma han...] obtenido crecimiento económico empleando tan sólo una fracción del número total de personas en búsqueda de empleo. El resultado bien puede ser un desempleo elevado, como estamos viendo en Europa, o la sustitución de puestos de trabajo con salarios altos y abundantes beneficios por puestos de baja remuneración y escasos beneficios, como estamos viendo en los EE.UU.” (“A Critique of the ‘Information Society’ Concept” Daniel Yankelovitch, de “Changing Maps: Governing in a World of Rapid Change, Steven A. Rosell, 1995)
Los indicadores de desempleo en los países atrincherados [desarrollados] han aumentado de manera constante desde 1950. Adicionalmente, la disminución de la tasa de natalidad experimentada en estos países generará un número creciente de ancianos, junto a una mermada presencia de generaciones más jóvenes dentro del mercado laboral. Incluso si las tasas de natalidad se elevaran de nuevo, esos niños no serían aptos para trabajar hasta que terminen su juventud, forzando aún más al sistema. Es imposible configurar el número total de personas que no trabajan utilizando métodos económicos tradicionales.
La Crisis de Ingresos
Al final, todo se reduce a esto: Si definimos a los “empleadores” como grandes estructuras jerárquicas sustentadas sobre la extracción de los excedentes generados por la labor de sus empleados -a quienes tan sólo retribuyen parte de los mismos y en forma de salario…- pues sí, los empleadores perciben que hay una “crisis de empleo.” Sin embargo, para las personas, un trabajo simplemente sirve de medio para obtener ingresos y, en consecuencia, la crisis no es una “crisis de empleo”, sino una “crisis de ingresos”.
Este es un punto crucial, así que lo voy a expresar de otra manera.
Una Economía del Empleo fuerza a la gente a pensar que su “crisis de ingresos” es una “crisis de empleo.” Una Economía del Desempleo no tiene tal necesidad.
Una Economía del Desempleo, parte de la premisa de que las personas rinden mejor en aquellas actividades que disfrutan intrínsecamente y por las que trabajan de forma voluntaria. Este principio de auto-selección es un ingrediente clave de las actuales economías donde se programa en código abierto, e incluso fue utilizado cuando Google permitió a sus empleados gestionar parte de su jornada laboral. La auto selección no es voluntaria; es trabajo recompensado. De lo contrario te seguirían explotando y obteniendo los beneficios de tu trabajo, sólo que de forma gratuita.
Además, llamarla una “Crisis de Empleo” implica que la solución es crear más empleo, pero llamarla una “Crisis de Ingresos” implica que la solución es crear más ingresos. Esto se puede hacer en una variedad de formas y muchas de ellas no tienen nada que ver con conseguir un trabajo.
Por ejemplo, en 1980, como parte del nacimiento del Cyberpunk, ZBS Media retransmitió un radio-drama, producido por Thomas M. Lopez y escrito por Meatball Fulton, llamado “Ruby, the Galactic Gumshoe” (Ruby, la detective galáctica). El programa incluía una conversación con un extraterrestre llamado “Monet” proveniente de una sociedad que ya había, supuestamente, resuelto estas cuestiones. Monet le dice a Ruby:
“El desempleo no es una enfermedad que necesita ser curada creando más empleo. El desempleo es la cura. Así que ideemos un sistema mejor.”
La Cultura ‘Maker’ equivale a Libertad
A medida que avanzamos, el número de personas que fabrica objetos propios y se auto-organiza en comunidades de “makers” es alentador. Sin embargo, estas actividades son parasitarias en una economía heredada que aún requiere que la gente trabaje a fin de satisfacer sus necesidades básicas y las de sus familias. En este sistema algunos se hacen ricos mientras que la gran mayoría permanece en la pobreza. La alternativa sería que todos tuvieramos “suficiente”.
La economía P2P emergente, funciona más como la “ayuda mutua” de Kropotkin (gracias, Howard Rheingold), que el ideal de “ayúdate a ti mismo y deja que otros se ayuden a sí mismos”, surgido cuando los ciudadanos se enfrentan entre sí en una lucha por recursos y puestos de trabajo. Estos objetivos están, en realidad, subyugados a una escasez inducida para desmotivar cualquier cooperación popular con la que construir infraestructuras compartidas.
Merece la pena señalar que, en 1951, la teórica política Hannah Arendt observó que impedir a las masas poseer o poner en funcionamiento algo que resulte en producción de un “común” (algo que sólo existe horizontalmente entre individuos y grupos) es una receta para la tiranía, la opresión y, en última instancia, el fascismo. Arendt lo describió como “Los orígenes del totalitarismo”.
Por otra parte, Kropotkin había presagiado este mismo punto en su “Ayuda mutua”, observando:
“Las instituciones en las que los hombres antes encarnaban sus necesidades de apoyo mutuo, no pueden ser toleradas en un Estado bien organizado, el Estado por sí solo podría representar los lazos entre sus súbditos”.
Refiriéndose a la cuna de la democracia occidental, Arendt lo expresó mejor que nadie:
“La Polis no era Atenas, sino los Atenienses”. (La Condición Humana, 1950)
(Por ello, si vas a trabajar como empleado, siempre he mantenido que lo mejor es trabajar allá donde puedas sentir que estás ayudando a otros; por ejemplo, en una organización sin ánimo de lucro o en una universidad).
Sin ser Empleado – Mejor Sin Jefes
De nuevo, creemos necesario recalcar la diferencia entre el empleo (es decir, el trabajo al que estamos obligados por las necesidades de supervivencia) frente a la carrera o la pasión de un individuo. En su ensayo “The Abolition of Work” (La abolición del trabajo), Bob Black define el trabajo como “La producción impuesta por medios económicos o políticos, ya sea mediante la zanahoria o el palo” (Black, 1985). En una economía en la que la información precisa es esencial, aquellas decisiones económicas basadas en la necesidad de tener un trabajo para sobrevivir, no son ni fructíferas ni deseables. La economía de la información necesita recombinación materialización e innovación, pero también necesita ofrecer un estilo de vida capaz de liberar el potencial creativo colectivo de sus miembros y permitirles cumplir con sus funciones en dicha economía. Aquí es donde entra el desempleo. La causalidad general que subyace a esta propuesta es la siguiente:
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La informatización crea desempleo
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El desempleo crea tiempo libre
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El tiempo libre genera innovación
El problema del desempleo no es su incremento, sino la insostenibilidad de un sistema donde el empleo es “bueno” y el desempleo es “malo”. El fin del empleo no supone el fin de la productividad. Los seres humanos son, por naturaleza, creativos, innovadores y dados a perseguir sus metas vigorosamente. Esta es la razón por la que el primer nivel de una economía panárquica consiste en satisfacer necesidades: para brindar a individuos y grupos una base con la que tomar decisiones informadas y comunicar esas decisiones en el sistema de una manera cibernética.
La Solución Sencilla
La solución a todo esto es realmente sencilla:
Pagar a las personas para crear una infraestructura compartida.
Una infraestructura compartida co-desarrollada, co-propiedad, co-mantenida, y no sujeta a apropiación por parte de cualquiera. Es decir, su existencia como infraestructura compartida cuenta con el apoyo de aquellos mecanismos jurídicos y políticos que aseguren sus libertades básicas y de forma permanente. Es bueno para la gente, los gobiernos y las empresas porque reduce costes y distribuye las responsabilidades de mantenimiento. Cualquier persona que contribuya a la construcción de semejante infraestructura debería ser apropiadamente recompensada por su esfuerzo, que no quepa duda de ello.
Nota del autor
Normalmente no escribo artículos tan largos pero, a modo de explicación por el título “provocador”, me gustaría aclarar unas cosas:
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Me sentí inspirado a escribir este artículo tras la lectura de un artículo de Douglas Rushkoff en la CNN titulado “Are jobs obsolete?” (“¿Se han quedado obsoletos los empleos?”, publicado el 7 de Septiembre, 2011)
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Parte del texto está basado en un texto que escribí en el 2003 llamado “The Unemployement Economy” (La economía del desempleo).
Esta traducción apareció originalmente en desempleotecnológico.com
Introducción a “Sacred Economics”
Charles Eisenstein
- Cortometraje Dirigido por Ian MacKenzie. Producido por Velcrow Ripper, Gregg Hill, Ian MacKenzie. Traducido por Luis Gómez. Sincronizado y editado por Stacco Troncoso -Guerrilla Translation Vídeo original
- Entrevista realizada por Xavi Pratt y Jordi Romero para Trash Icons. Traducida por Stacco Troncoso. Editada por Luis Gómez. – Guerrilla Translation. Entrevista original
Sacred Economics traza la historia del dinero, desde las ancestrales economías de la generosidad hasta el capitalismo moderno, mostrando cómo el sistema monetario ha contribuido a fomentar la alienación, la competición y la escasez, a destruir la comunidad, y a depender del paradigma de crecimiento constante.
A día de hoy, estas tendencias han llegado a su extremo – pero tras su inevitable colapso, quizás hallemos la oportunidad de trascender hacia una forma de vida más conectada, ecológica y sostenible.
En el siguiente cortometraje y la entrevista que lo sigue, Eisenstein explica cuáles serían las características de un sistema económico acorde a los valores humanos, sociales y ecológicos.
Sacred Economics de Charles Eisenstein, un film de Ian MacKenzie
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Cambiar la naturaleza del dinero. Trash Icons entrevista a Charles Eisenstein
Durante siglos, el sistema monetario ha sido uno de los mayores factores contribuyentes a la alineación, competición y escasez que caracterizan al sistema financiero de nuestros tiempos. Entrevistando a Charles Eisenstein, autor de Sacred Economics y activista del decrecimiento, hemos averiguado que quizá haya luz al final del túnel.
1. Sostienes que el dinero precisa de una transformación profunda, capaz de regenerar un concepto tan profano para convertirlo en sagrado. ¿Qué hay detrás del concepto de Sacred Economics?
El libro comienza con la observación de que el dinero no es compatible con todo aquello que estamos empezando a percibir como “sagrado” como, por ejemplo, la restauración ecológica o la justicia social. Esta oposición, en el pasado, se daba por hecha. Asumíamos que la bondad, lo sagrado y todo eso eran conceptos ajenos al dinero, que las personas consagradas a buenos propósitos apenas tienen que ver con el dinero. Pero esto ya no es sostenible, dado que los comportamientos inducidos por el dinero están destruyendo el planeta. Tenemos que cambiar la naturaleza del dinero para que deje de ser el enemigo de la sostenibilidad, por no mencionar ya lo sagrado. El libro trata sobre cómo hemos llegado a este estado de crisis que nunca acaba de desaparecer por completo, y de cómo cambiar el sistema monetario y la economía que lo sostiene. Adicionalmente, explora la dimensión personal y comunitaria de dicha transición.
2. ¿Qué es la economía de la generosidad, y cómo puede favorecer el crecimiento y desarrollo de una comunidad?
La economía de la generosidad incluye la totalidad de las interacciones en que las personas cuidan de sus necesidades mutuas sin dinero de por medio. Por ejemplo, una madre que cocina para sus hijos está practicando la economía de la generosidad, dado que no cobra nada por hacerlo. Vecinos que ayudan a otros vecinos con sus proyectos, cuidando de los niños, ayudándose después de una catástrofe natural, todos estos son ejemplos de una economía de la generosidad o el regalo. Cosas como el couchsurfing, compartir cosas por Internet o el software de código abierto también forman parte de la economía de la generosidad.
La comunidad se forja a través de relaciones basadas en la generosidad. Si pagas por todas tus necesidades, difícilmente tendrás necesidad de quienes te rodean y no formarás parte de la comunidad. Pero, si vives entre personas que se ayudan entre sí para satisfacer sus necesidades, puedes mirar a tu alrededor y decir: “necesito a esta gente, nos necesitamos mutuamente”. Os habréis dado cuenta de que en épocas de crisis económica la gente forma comunidades más entrelazadas, ya que se ven obligados a depender los unos de los otros, llegado el momento en que no pueden seguir dependiendo del dinero.
3. ¿Cuáles son las características principales de la “economía de la separación” que tantos siglos lleva agobiando a la humanidad y nuestro planeta?
Las características principales son: la competición, la ansiedad, la escasez y el crecimiento infinito. Evidentemente, cierto grado de competición y escasez es inevitable, pero nuestro sistema crea mucho más de lo necesario. Pensemos, por ejemplo, en las actividades lúdicas. Desde los albores de la Revolución Industrial, los futuristas han estado prediciendo la inminente llegada de una “edad del ocio”, en la que la gente apenas tendría que trabajar para llevar una vida cómoda. Tan recientemente como en los ochenta, Alvin Toffler predecía una jornada laboral de 25 horas a la semana y 150 días de vacaciones. Pero, en vez de eso, siempre nos hemos decantado por consumir más en vez de trabajar menos y ésta ha sido una decisión forzada e impuesta por nuestro sistema económico. Y para empeorar las cosas, gran parte de ese consumo es ejercido por cada vez menos individuos. En gran parte, este consumismo no aporta nada al bienestar de la mayoría y/ni, desde luego, al bienestar del planeta. Uno de los temas centrales del libro es cuestionar el porqué de esta situación. La culpa no es de “la avaricia”. Puedes cabrear a la gente hablándoles de la codicia de los ricos, pero la realidad es que la avaricia es parte intrínseca del propio sistema. El “culpable” yace a un nivel más profundo, es un mal sistémico. No voy a repetir el argumento con pelos y señales pero, en esencia, un sistema monetario basado en la deuda sujeta a intereses, siempre necesita más crecimiento y, en ausencia del mismo, el sistema tenderá a concentrar la riqueza. Eso es lo que estamos viviendo hoy en día.
4. En el libro hablas de la “economía del reencuentro”. ¿En qué se caracteriza?
Sus características principales son: la reclamación de los bienes comunes, una moneda con interés negativo, traspasar el cobro de impuestos por las ventas e ingresos sobre la contaminación y la extracción de recursos, una relocalización económica parcial, la economía entre iguales o p2p, una renta básica universal, y la economía de la generosidad. Ninguna de éstas se sostiene por sí misma, cada una actúa en sinergia con el resto.
5. Una de las temáticas centrales del libro es la transformación, que no abolición, del dinero. ¿Crees que puede haber un sistema monetario-económico que funcione? No tendría por qué ser una moneda física, podría ser una mezcla de varios formatos (moneda, digital, parcialmente basada en el regalo…). ¿Cómo lo llamarías?
Sí. No tiene por qué ser una moneda física ni un objeto en sí. Podría ser electrónico (como la práctica totalidad del dinero de hoy en día) o una mezcla. El dinero electrónico es la ola del futuro pero acarrea muchas cuestiones políticas, dado que permite que el gobierno monitorice todas las transacciones. Creo que es una tendencia inevitable pero, aún así, ni siquiera el dinero en efectivo es tan anónimo como les gustaría pensar a los libertarios, dado que cada vez se imprimen más billetes con chips RFID incorporados. En todo caso, creo que la pregunta clave es, ¿qué quieres decir con “un sistema monetario-económico que funcione?” ¿Que “funcione” en qué sentido? Para mí “que funcione” debe llevar implícito el no fomentar la degradación de la biosfera.
6. ¿Cuáles son los mayores inconvenientes de las economías de escasez, a largo plazo?
Son más que inconvenientes. Hay gente muriéndose de hambre en este planeta, aunque la producción global de alimentos podría dar de comer a todo el mundo. La comida está ahí; se están muriendo de hambre, porque hay escasez de dinero. En otros lugares, hay gente que dedica la totalidad de sus vidas a saldar su deuda.
7. ¿Qué fundamento hay detrás de la escasez artificial? ¿A quién le interesa potenciarla?
No creo que nadie haya decidido crear la escasez artificial de manera consciente. Es una cualidad intrínseca de nuestro sistema económico y, si profundizamos, también forma parte de nuestra visión básica del universo, la mitología de la civilización e incluso de nuestro concepto del “yo” o el ser. A nivel económico, la escasez es inherente a un sistema como el nuestro en el que siempre hay más deuda que dinero. Es algo que forma parte del proceso de creación de dinero. La escasez es, así mismo, fundamental para una visión de la vida que dice que somos individuos aislados en un universo “ajeno”. Separados así los unos de los otros, cuanto más tengas tú, menos tendré para mí mismo. Cuando nos vemos separados de la naturaleza, siempre nos encontraremos luchando contra ella e intentando extraer beneficios de este universo tan indiferente como hostil.
Es más, esta ideología de la separación nos amputa de nuestro ser verdadero, expandido y enriquecido mediante las relaciones íntimas que nos brinda la comunidad y la naturaleza. Al vernos amputados de semejante manera, cuando, por ejemplo, no reconocemos los rostros que nos rodean, no conocemos sus historias, no conocemos los nombres de los árboles, las colinas y las plantas que nos rodean… nos sentimos a solas en el mundo. Sentimos que no formamos parte. Esta es una manifestación muy primigenia de la escasez. El consumismo es una de las muchas respuestas a esa sensación de aislamiento.
8. ¿Puedes darnos algún ejemplo de mejoras en los índices de empleo o productividad ajenas a estas políticas de escasez?
Bueno, el mayor extremo de una política de escasez es lo que se ha dado por llamar “austeridad”. Mirando a Europa, es evidente que la austeridad crea más escasez, más desempleo y menos productividad. Podemos observar que los países que no han implementado políticas de austeridad tienen una situación económica mucho más favorable. Aún así, los tipos de estímulos monetarios y fiscales que se utilizan hoy en día sólo son un paso mínimo hacia una auténtica política de abundancia. Os podria dar unos cuantos ejemplos históricos, pero no hay muchos.
9. En el libro expones una serie de temas e ideas muy interesantes. ¿Podrías elaborar sobre ellas brevemente?
Monedas con interés negativo
Esto se implementaría mediante un impuesto de liquidez sobre las reservas bancarias. Básicamente, si el banco se queda con el dinero estancado en el BCE o la Reserva Federal, no sólo no se le aplicarán intereses sino que, además, deberá pagar un sobrecargo de, digamos, un 5%. Esto incentiva a dar préstamos a intereses muy bajos, quizás incluso a un interés del 0%. Permite que las personas y los países endeudados, refinancien sus deudas a un 0% de interes. También significa que, si tienes mucho dinero, no vas a poder contar con él para vivir de los intereses. La riqueza ya no sería cuestión de simplemente poseer mucho y seguir enriqueciéndose automáticamente.
Impulsar las monedas locales
Las monedas locales aíslan y protegen a las economías locales de las finanzas globales, siempre que haya una economía local de la que partir. Las monedas locales pueden ayudar a conectar recursos y necesidades en tiempos de escasez de la moneda nacional. Lo malo es que, hoy en día, muchas economías locales están devastadas y eso reduce el potencial de las monedas locales. Aun así, cuando todo se desmorona, las monedas locales brotan espontáneamente. Lo observamos en Argentina en el 2001-2002; y ocurrió constantemente a lo largo de la Gran Depresión.
Economía basada en los recursos
Se trata de un concepto del Movimiento Zeitgeist y, a decir verdad, no lo respaldo al 100%. La teoría es que deberíamos permitir que los ordenadores determinasen dónde y cómo distribuir los recursos, en vez de determinarlo a través de la demanda monetaria. Creo que, de implementarse, hallaríamos que la función interactiva de recolección de datos necesaria para distribuir los recursos acabaría siendo algo muy similar al dinero en sí.
La restauración de los bienes comunes
Los bienes comunes se refiere a aquello que debería ser propiedad pública, propiedad de todos y de ninguno. En un principio, por ejemplo, las tierras no estaban sujetas a la propiedad privada. A través de un proceso histórico que viene de largo, se han visto gradualmente divididas, saqueadas y privatizadas. A muchos pensadores esto les resulta injusto. Después de todo, nadie ha creado la tierra, ¿a razón de qué tiene alguien derecho exclusivo a la tierra y por por encima de cualquier otro? Lo mismo podemos decir de los bienes comunes, o el “procomún” cultural de las ideas, canciones, imágenes, inventos y demás. Aunque algunas son creaciones originales, siguen brotando de un entorno cultural y, por lo tanto, aún están endeudados con la labor creativa de cientos de generaciones.
Existe un cuerpo de teoría económica surgido a partir de esta perspectiva. Sostiene que no deberías lucrarte de la mera posesión de tierras, patentes, dinero etc, a menos que lo hagas de tal manera que también se beneficie el resto de la sociedad. Por tanto, la tierra y otros bienes rentables deberían estar sujetos a impuestos mediante un índice tasado con fin de contrarrestar aquella porción de las rentas que surgen de la mera posesión de un recurso escaso.
Activismo decrecentista
Es evidente que el crecimiento económico está destruyendo el planeta. Necesitamos un sistema que nos permita crecer en otras direcciones que no sean la cantidad de recursos que somos capaces de extraer y convertir en bienes y servicios. En el sistema actual, talar un bosque y excavar para extraer petróleo son contabilizados como crecimiento económico, mientras que preservar o restaurar estos bienes no lo es. Pero necesitamos más de lo último y menos de lo primero. Esto supone desarrollar un sistema económico que permita que las personas prosperen aún en ausencia de un crecimiento en la totalidad del consumo.
Hay mucha gente que cree que la palabra “prosperidad” o “abundancia” implica consumir cada vez más, pero existen otras visiones de la prosperidad. Por ejemplo, podríamos vivir en una sociedad donde hay más tiempo libre, con más objetos elaborados artesanalmente, casas menos opulentas pero más bellas, más bicis y menos coches, más compartir con los vecinos y menos trasteros llenos de chismes que no se utilizan. Todos estos cambios repercutirán negativamente sobre el PIB, pero enriquecerían las vidas de las personas en cada aspecto significativo. El decrecimiento no es sinónimo de estancamiento. Es un cambio de prioridades que se aleja de la idea de poseer más y más bienes y servicios cuantificables.
10. En la sociedad actual, cada vez más conectada y con menos barreras informativas, ¿cómo difundirías los conceptos que has desarrollado en la última pregunta? ¿Quién crees que se beneficiaría al censurar ese mensaje?
La clave para difundir estas ideas reside en la disrupción de lo que yo llamo “la historia de la normalidad”. La gente cree que no hay alternativa, cree que nada va a cambiar, cree que la política y el dinero, tal y cómo los concebimos hoy en día, son inalterables. Pero, en un solo momento de empoderamiento de la humanidad, todo eso puede cambiar. Creo que una de las cosas más importantes que podemos hacer ahora mismo es prepararnos para ese momento. Cuando ese millón de personas que está en las calles tome conciencia de su poder, ¿qué va a hacer con él? De momento, aún cuando son capaces de derrocar un gobierno, siempre acaban instaurando un reemplazo que acaba implementando más o menos las mismas políticas.
11. ¿Qué opinas sobre el estado actual de la economía mundial? ¿Crees que ya ha llegado al límite o que las cosas pueden ir aún a peor?
Las cosas se van a poner mucho peor antes de que mejoren. El sistema político está ahí para garantizar que los endeudados sigan pagando y que los bancos y a los acreedores sigan cobrando cuanto más tiempo posible. Mientras haya bienes públicos o una riqueza social que vender al mejor postor, se seguirá vendiendo. Lo puedes observar ahora mismo en España. Para satisfacer a los acreedores lo están desmantelando todo: pensiones públicas, bienes naturales, servicios sociales… y el dinero va directo a los acreedores. Lo último que queda por subastar es a la juventud del país. Cuando ya no queden oportunidades para los jóvenes, se irán a Alemania o a cualquier otro lugar.
12. ¿Crees que ha habido alguna época en la que la humanidad haya disfrutado de un sistema económico mínimante justo para todos?
Sin duda. Las sociedades de cazadores-recolectores eran muy igualitarias. También hubo muchas sociedades campesinas matrifocales bastante egalitarias. Las sociedades del bienestar europeas tampoco eran terribles en cuanto a concentración de riqueza. Aún así no, para mí no hay precedentes que valgan a modo de ejemplo para una sociedad moderna.























